Ya me voy a volver más audaz en este blog porque ya se me anda acabando la imaginación para escribir, así que ahora los entretengo con las clases de besos. Aclaro que esta idea me la dio mi madre cuando estábamos platicando de besos indeseables. Así que con todo respeto para mi progenitora, me arranco.
Situación indeseable 1.
Eres un niño (a) de aproximadamente 7 u 8 años. Y tu madre te dice que irán a visitar a la tía Pancha. La tía Pancha es una octogenaria de bigote hirsuto, completamente blanco pero que siempre te da caramelos. Y esa es tu perdición, ya que olvidas la última vez que estuviste ahí. Llegas con la tía y en ese momento, el estomago se te encoge y se detiene el tiempo: te acuerdas del precio que pagarás por las ansiadas golosinas. Te preguntas si vale la pena. Y vas directo a los brazos de la tía bigotona cual condenado al cadalso quien te cubre la tez de tasajeadas varias y de varias profundidades mientras te despeina la trenza y te dice con tierna voz: –¡Pero que hermosa mi niñaaaaaa! ¡Ya estas hecha una mujercita! ¡Ven a darme un besito nena hermosa!–. De más está decir que la tasajeada va acompañada de babita santa de la tía, la cual, por supuesto, no te puedes limpiar con temor a ofender. Y esperas que para cuando cumplas quince, la tía te herede. Mínimo.
Situación indeseable 2
Esta es más tranquila pero no por ello menos aberrante. No sé de dónde provenga esta centenaria costumbre, pero imagino que era para presentar respetos. Resulta que tus padres tuvieron a bien nombrar padrino de bautizo al amigo de juventud. Un señor alto, moreno, recio y con manos que reflejan el trabajo que han realizado. Callos y padrastros pueblan sus regordetes dedos que se ven adornados con unos tres o cuatro pelos negros en las falangetas renegridas. Y resulta que tu madre te estimula dándote un empujoncito mientras te dice con voz firme y los ojos torcidos: ¬–¡Niña, salude a su padrino! ¡Bésele la mano! ¡Ándele! El hombre se te queda viendo con mirada retadora y medio pedófila. Por lo general, después de esta experiencia, la criatura se volverá atea o por lo menos, dejará a sus hijos moritos.
Situación indeseable 3
Ya más grandecita y bien formada, la niña se ve ante situaciones por demás comprometedoras. Yo no sé quien inventó eso de andarse dando besos con cuanta persona una conoce. Si el beso es un acto íntimo y que demuestra cariño por alguien, cómo es posible que te presentan a un huerco granujiento y le tengas que dar un beso en toda la colonia de barros y espinillas que pueblan su cara adolescente. En ese momento, extrañas a tu padrino y a la tía Pancha y juras que tu primer beso será inolvidable.
Situación indeseable 4
Y resulta que llega el anhelado día en que conoces al baboso de tu cuadra, aquella angelical criatura que puebla tus sueños juveniles y con quien quieres pasar el resto de tu vida. Tu verdadero amor, aquel a quien estás dispuesta a entregar el primer ósculo de tu boca. Y están platicando recargados en un árbol, y se ocultan de las miradas pícaras y burlonas de sus compañeros de juego. Y él te dice con mirada anhelante: –¿Te puedo besar?¬– y tú, tímida y virginal, bajas la mirada y emites un “Sí” quedito y discreto, no sin antes aclararle al sujeto de tus desvelos que jamás fuiste besada. El tipo se te acerca, pega su boca contra la tuya y comienza a moverla como si chupara una pulpa. Y de repente, al abrir tu boca, cae dentro de ella un chicle masticado. Literal, un chicle masticado. En el colmo del romanticismo, el te dice quedo, al oído: “Ora pásamelo de regreso”. No vuelves a besar hasta que cumples 29 y estás a punto de casarte.
viernes, 17 de mayo de 2013
Bésame mucho
Ya me voy a volver más audaz en este blog porque ya se me anda acabando la imaginación para escribir, así que ahora los entretengo con las clases de besos. Aclaro que esta idea me la dio mi madre cuando estábamos platicando de besos indeseables. Así que con todo respeto para mi progenitora, me arranco.
Situación indeseable 1.
Eres un niño (a) de aproximadamente 7 u 8 años. Y tu madre te dice que irán a visitar a la tía Pancha. La tía Pancha es una octogenaria de bigote hirsuto, completamente blanco pero que siempre te da caramelos. Y esa es tu perdición, ya que olvidas la última vez que estuviste ahí. Llegas con la tía y en ese momento, el estomago se te encoge y se detiene el tiempo: te acuerdas del precio que pagarás por las ansiadas golosinas. Te preguntas si vale la pena. Y vas directo a los brazos de la tía bigotona cual condenado al cadalso quien te cubre la tez de tasajeadas varias y de varias profundidades mientras te despeina la trenza y te dice con tierna voz: –¡Pero que hermosa mi niñaaaaaa! ¡Ya estas hecha una mujercita! ¡Ven a darme un besito nena hermosa!–. De más está decir que la tasajeada va acompañada de babita santa de la tía, la cual, por supuesto, no te puedes limpiar con temor a ofender. Y esperas que para cuando cumplas quince, la tía te herede. Mínimo.
Situación indeseable 2
Esta es más tranquila pero no por ello menos aberrante. No sé de dónde provenga esta centenaria costumbre, pero imagino que era para presentar respetos. Resulta que tus padres tuvieron a bien nombrar padrino de bautizo al amigo de juventud. Un señor alto, moreno, recio y con manos que reflejan el trabajo que han realizado. Callos y padrastros pueblan sus regordetes dedos que se ven adornados con unos tres o cuatro pelos negros en las falangetas renegridas. Y resulta que tu madre te estimula dándote un empujoncito mientras te dice con voz firme y los ojos torcidos: ¬–¡Niña, salude a su padrino! ¡Bésele la mano! ¡Ándele! El hombre se te queda viendo con mirada retadora y medio pedófila. Por lo general, después de esta experiencia, la criatura se volverá atea o por lo menos, dejará a sus hijos moritos.
Situación indeseable 3
Ya más grandecita y bien formada, la niña se ve ante situaciones por demás comprometedoras. Yo no sé quien inventó eso de andarse dando besos con cuanta persona una conoce. Si el beso es un acto íntimo y que demuestra cariño por alguien, cómo es posible que te presentan a un huerco granujiento y le tengas que dar un beso en toda la colonia de barros y espinillas que pueblan su cara adolescente. En ese momento, extrañas a tu padrino y a la tía Pancha y juras que tu primer beso será inolvidable.
Situación indeseable 4
Y resulta que llega el anhelado día en que conoces al baboso de tu cuadra, aquella angelical criatura que puebla tus sueños juveniles y con quien quieres pasar el resto de tu vida. Tu verdadero amor, aquel a quien estás dispuesta a entregar el primer ósculo de tu boca. Y están platicando recargados en un árbol, y se ocultan de las miradas pícaras y burlonas de sus compañeros de juego. Y él te dice con mirada anhelante: –¿Te puedo besar?¬– y tú, tímida y virginal, bajas la mirada y emites un “Sí” quedito y discreto, no sin antes aclararle al sujeto de tus desvelos que jamás fuiste besada. El tipo se te acerca, pega su boca contra la tuya y comienza a moverla como si chupara una pulpa. Y de repente, al abrir tu boca, cae dentro de ella un chicle masticado. Literal, un chicle masticado. En el colmo del romanticismo, el te dice quedo, al oído: “Ora pásamelo de regreso”. No vuelves a besar hasta que cumples 29 y estás a punto de casarte.
sábado, 4 de mayo de 2013
La dichosa lista
Ahora que tuve la oportunidad de probar de cerca qué se siente estar al final del túnel, que vi pasar mi vida ante mis ojos pegándome una aburrida de miedo y que soñé con mis abuelos, he decidido hacer la dichosa lista que hacen todos, de cosas que quiero hacer antes de morir. Perdonen ustedes si ofendo buenas consciencias, si maltrato sensibilidades y entenderé si me dejan de hablar, pero creo que experiencias pasadas además de mi provecta edad me autorizan a hacer lo que se me pegue la gana. No se preocupen, jamás he estado interesada en aventarme de un paracaídas ni tampoco quiero manejar un Mustang ’65, así que no los abrumaré con esas fruslerías. A continuación expongo los puntos más importantes en mi top de cosas por hacer:
El primer lugar se lo llevan los reclamos: eso de que las personas que llegan a tu vida y te hacen pasarla mal son tus maestros me parece una soberana tontería, por no llamarla más fuerte. ¡Ay sí! Van por la vida tan campantes “enseñando” con sus sandeces, canalladas, traiciones y abandonos a cuanto ser vivo se les cruza en el camino. Eso es consuelo de tontos. No señor, yo reclamo mi derecho de réplica: decirles hasta de lo que se van a morir a esos “maestros” de pacotilla que lo único que enseñaron fue el lado oscuro de la fuerza. Como esto lo imagino haciéndolo en mi lecho de muerte, se van a tener que fletar mi discurso y vivirán con la culpa por el resto de sus días. No lo nieguen, les encantaría hacer esto.
Ya con la conciencia tranquila, entonces sí ya me pongo a decirles lo que me causaría un placer enorme, sin menoscabo del punto anterior. Me encantaría hacer una pasarela de modelaje, que todos los fotógrafos estuvieran a mis pies tomando contrapicadas y que yo con mirada displicente e indiferente caminara con garbo mostrando un modelito de Karl Lagerfeld. Que al final se acercara mi buen Karl, me tomará de las manos y me dijera: “Rima, no sé cómo pude estar tan ciego. Eres mi estrella”.
Me encantaría hospedarme en el Four Seasons de Nueva York, llegar vestida con un abrigo blanco, sombrero de medio pelo y lentes Prada. Por supuesto, un Yorkie en mi regazo y zapatos tipo stilettos color rojo fuego, mientras tras de mi van siguiéndome dos botones cargando mi múltiple equipaje protegido por Louis Vuitton. Que me llamara Cillian Murphy a mi habitación y me dijera: “Hola preciosa ¿Lista? Paso por ti a las seis de la tarde. Baño de burbujas, masaje, lenguas de canario para el almuerzo bañadas con un exquisito vinillo de Burdeos. 5:45 llamada a la puerta. El camarero me informa: “Mister Murphy le envía este paquete”. Lo abro con indiferencia, con la indiferencia que da el estar acostumbrada a estos trotes. Claro, paquetito azul “Acqua”. Otro brazalete. Bah. Cancelo mi cita.
Finalmente una gran fantasía: ir al Festival de Música de Cartagena a escuchar a Jordi Savall tocar a Monteverdi, mientras bebo un vino tinto y veo a los ojos a mi amor.
Nota aclaratoria: para la elaboración de esta nota tuve que consultar no menos de 15 sitios diferentes porque es evidente que yo no sé nada de estas cosas. Nomás se que existen en un universo paralelo.
martes, 30 de abril de 2013
Ni hablar… traes puñal. Segunda parte
Continúo con la candente crónica que me ocupa. Una vez que superé la náusea, el vómito, el estrabismo y el retortijón, pasé a la inseguridad de mi cuarto en donde se desplegó un ejercito de enfermeras las cuales, puedo afirmar sin temor a equivocarme, ahora son entrenadas por alguna empresa de esas de coaching o de perdida por los chavos del Starbucks. Me explico. Llega la primera enfermera y escucho a la lejanía entre los vapores y nebulosas de la anestesia: –“Buenas tardes, mi nombre es Edelmira y estaré a sus ordenes para lo que se le ofrezca. En esta ocasión pondré en su suero un cocktail de analgésico y antiácido para que se sienta mejor. Tomaré una muestra de sangre y en un momento más mi compañera le tomará la orden para un electrocardiograma. ¿Está cómoda? ¿Necesita algo?”– No tuve más remedio que pedir un capuchino Venti. A los diez minutos llega otra señorita con un aparatito indescriptible que constaba de una tripa y una bolita –maldita bolita– y que sirve para hacer ejercicios de pulmón. Una vez hube dejado el pulmón embarrado en la tripa esa, una enfermera me preguntó: –“¿Cómo se siente? ¿Está cómoda?–”. –“Pues siento náusea señorita”–. –“Ah, muy bien. ¿Alguna otra cosa que se le ofrezca?”. En fin, unas joyas todas ellas. Llegó otra, que era como la jefa de jefas y me informó sobre la correcta manera de lavarme las manos con el gel antibacterial, estoy segura que fue aeromoza en otra vida: –“Toma el gel y frota fuertemente las manos. (Todo esto explicado de bulto) Forma un puño y frota el centro de la palma para que las uñas sean desinfectadas, gira la muñeca repetidas veces sobre su eje y posterior a esto procede a…” Me perdí en “toma el gel”. Luego nos informó que todo lo que había en la habitación era de nosotros excepto la cama, el aire acondicionado y la televisión. Me emocioné terriblemente e inmediatamente grité a voz en cuello: “¡Tráiganme el cómodo!” Quería saber qué se siente, pues. Mi madre saca un frasco lleno de un líquido sanguinoso y lleno de piedras. Todo esto es lo que traías adentro, me dice. Inmediatamente y como buena diseñadora pensé cómo darle buen uso a ese material. Se me ocurrieron varias ideas: un jardín Zen con su rastrillito y palita; un arenero para tortugas; un rosario para mis frecuentes momentos piadosos o ya en el colmo de la creatividad, las puedo pintar de colores y hacer un paisaje marino para el baño. He aquí la crónica de una operación, me despido porque ahora tengo que ir a cumplir con la manda que prometió mi madre si todo salía bien.
lunes, 29 de abril de 2013
Ni hablar… traes puñal.
Pues resulta que me puse mala de la panza y miren que la tengo de alambique como vulgarmente se dice. Y pues ante tal panorama me vi obligada a ir al doctor que se dedica a ver tan bajos y escatológicos menesteres y pues me dijo que del cuchillo no me salvaba. Ni hablar, bajé la cabeza y asentí resignada. Como yo nunca había pasado por semejante experiencia, todo era novedad, no se me quita el espíritu investigativo y etnográfico de la vida, así que me propuse observarlo todo desde mi lecho de agonía. Hete aquí la reseña de tan sangrienta hazaña:
Para comenzar diré que en un hospital lo hacen ser enfermo a la fuerza: yo llegué rete campante a emergencias y después de tomarme mis datos fiscales, legales y morales el primer paso para ser declarado enfermo es colocarle a uno la pulserita de identificación. Te toman la presión y sigue un interrogatorio que haría las delicias de la Gestapo. Cuando dije que fumaba, se detuvo el tiempo, los galenos se vieron a los ojos preocupados: durante toda mi estancia en el nosocomio, este fue comentario de pasillo, chisme de enfermeras y escándalo para propios y extraños. Todavía trabajo el sentimiento de culpa. Me enchufaron una aguja con suero para aliviar los retortijones y luego vino lo peor: la batita infamante. Describo este vergonzante ropaje que pudiera ser catalogado como el Sambenito de nuestros tiempos: de un blanco percudido, los estampados en ellos son variables. Te piden que te quites TODA LA ROPA y que te pongas el dichoso baticón a manera de babero. En la parte posterior tiene unas tiritas de tela que se supone sirvan para detener la batita, pero que sirven para evidenciar de manera más efectiva el trasero del portador. He de aclarar que mis referentes históricos de hospitales solo se encuentran en las novelas de televisa, por lo que yo me imaginaba que iba a estar perfectamente maquillada, enjoyada y con peinado a la última, la sábana muy restiradita y yo esperando a que llegaran todos mis galanes pasados y presentes a rendirme pleitesía o pedirme perdón, según fuera el caso, mientras yo, magnánima y tosiendo ligeramente de vez en cuando, los perdonaba y les reiteraba las seguridades de mi distinguida consideración. Lamento informarles que nada más alejado de la realidad. A la batita vergonzante se le sumaron unas medias de mediana compresión para la flebitis y un chongo desgreñado que completó el cuadro. Esta es la verdadera prueba de fuego para el amor, no la otra. Después de marcarme la panza con un plumón de gel, fui llevada a la sala de radiología para los estudios pertinentes. Salieron las piedras de la vesícula, pero el radiólogo me informó que mi páncreas es hermoso y que nunca había visto riñones tan lindos como los míos. No pude evitar ruborizarme ya que es la primera vez que me chulean las entrañas.
Capítulo aparte merece el guapísimo doctor que me tocó en suerte, lástima que comenzamos mal la relación hablando de obras y evacuaciones, tema nada romántico para cuando una desea quedar bien. Total que me metieron cuchillo, ni cuenta de di y cuando acordé estaba en la sala de recuperación en compañía de otros tres que habían pasado por las armas como yo. Me despertó el clásico sonido de la máquina que indica los signos vitales, esa que en las novelas hace pip, pip, pip de manera uniforme cuando todo marcha bien. El problema fue que comencé a escuchar una secuencia de pips por demás inquietante: pip, pip, pip…..pipipipipipipipipipipipipi…. piiiiiiiiiiiii (silencio) y luego nuevamente pip, pip, pip. Yo boqueaba y casi me da estrabismo tratando de ver si la maquinita estaba conectada a la que esto escribe, pero no, malvadamente, respiré tranquila, era de la señora de la cama de enfrente. Una enfermera pasó y distraídamente le dio un golpe fuerte y seguro al artefacto que volvió a su estado original: pip, pip, pip… (Esta historia continuará)
domingo, 21 de octubre de 2012
Las Amenidades
Ahora que he andado de viajera sin límite de puntos, he tenido la oportunidad de observar con qué delicadeza y preciosismo nos halagan los sentidos todas esas cadenas hoteleras gringas por las que he estado de paso. Bueno algunas, que conozco otras que son de esas de "venga, pague, báñese, duerma, desayuneendesechables y váyase". Resulta que yo no sabía cómo se llamaban todos esos diminutos adminículos para hacernos la vida agradable, hasta que una señora de esas muy viajadas y mundeadas, me dijo que se llamaban "amenidades". Pensando en el nombrecito, pues sí queda, ya que nos hacen la vida más amena, así que con esta nota hago un homenaje muy merecido a todas aquellas personas detrás de la maquinaria turística que unen esfuerzos en aras de hacernos sentir bien a todos los huéspedes del mundo. A continuación, algunas amenidades que me han tocado:
Formas caprichosas: es impresionante cómo en una habitación podemos encontrar los dobleces de superficies lisas o esponjosas como sábanas, toallas, servilletas, pañuelos desechables, inicios del papel de baño y almohadas en formas que retarían al más experto origamista japonés. Abanicos, flores que imitan rosas o tulipanes, animales inexistentes (o que tal vez lo son, con un poco de imaginación) y mandalas hechas de una sola pieza doblada magistralmente por amas de llaves de piso. Me las imagino a todas en el curso de capacitación llevando materias como dobleces I y II. Confieso que al ver esto, he tratado de sacar los patrones, fijándome en cómo están dobladas estas amenidades, por supuesto, sin éxito. Bueno, el cisne ya me sale.
Microdetalles: les puse así porque no sé cómo nombrarlos. Son esas pequeñas etiquetas con el logo del hotel que se encuentran pegadas en el inicio del rollo de papel desechable, o para cerrar la envoltura de los pequeños jabones con olores tan exóticos como extracto de magnolia y lima o frutos del bosque y lavanda francesa. En esta categoría entran esos pequeños pedazos de gloria que son los chocolates belgas, suizos o italianos envueltos en papel orito (así dice mi padre) luego colocados dentro de una bolsa de celofán y amarrados con un cordel en plata en forma de moñito. ¡Quiero guardar la etiqueta, el orito, la bolsita y el moñito! ¿Para qué? Quién sabe, supongo que es un modo de trasladar el "luxury" a mi depa.
Detalles de "canasta": los bauticé así porque casi siempre se encuentran colocados en el cuarto de baño, dentro de una canastilla de fino carrizo, color natural y elaborada por exóticos artesanos filipinos. Dentro de la mencionada canasta, encontramos una gran variedad de amenidades: el jabón y crema para el cuerpo, gel y espuma para el baño, esponjas de mar y guantes exfoliantes, costureritos que llevan dentro aguja, hilos de colores básicos, enhebrador y dos botoncitos: uno negro y otro blanco, además de un segurito, dos broches de presión y un ganchito. Todo esto en un espacio de 3 x 3 cm. También podemos encontrar la humilde pero no menos imprescindible esponja o pañito para limpiar los zapatos, y para las señoras o señores que usen peluquín, una dotación completa de gorros para baño, de esos en los que una parece despachadora del departamento de salchichonería. Cepillos de dientes que caben en una cápsula de plástico plateado, pasta de dientes e hilo dental, y un costalito muy mono relleno con pequeñas perlitas desodorantes. La lista es larga: sobrecitos de azúcar, leche en polvo y café, palitos para revolver, café encapsulado en papel absorbente, tapas para los vasos y tazas... Sí, lo confieso... ¡¡¡Me lo traje todo!!!
miércoles, 10 de octubre de 2012
De piso en piso
Eso de vivir en un edificio de departamentos, siempre me pareció de lo más mundano y “avant garde”. Después de pasar por la época hippie en donde me imaginaba siendo una artista plástica, vestida con faldas voladas, huarache de llanta, morral de lana virgen y el consabido tatuaje de algún glifo maya o árabe, pasé a imaginar cómo sería vivir en el último piso de un maravilloso penthouse al más puro estilo neoyorquino, donde dominara una increíble vista de la ciudad mientras bebía a pequeños sorbos un Martini seco con dos aceitunas. Pero hete aquí, como decía mi abuela cuando contaba cuentos, que la vida da muchas vueltas y la rueda de la fortuna hizo efecto nuevamente. Acabé viviendo en un edificio de departamentos, muy bien ubicado, eso sí, apenas para mis necesidades, buen precio… pero en un segundo piso.
La vista que tengo desde mi ventana se limita a una avenida siempre con tráfico, ruta accesible de escapatoria de delincuentes, por lo que seguido me chuto escenas que Chuck Norris envidiaría, de estar en mi lugar; un OXXO, una tintorería, y dos mil mentadas del madre al día. Hasta ahora he presenciado para horror de algunos de mis invitados: un neurótico que le gritaba a su mujer palabras altisonantes desde un teléfono público, dos atropellados en moto (uno falleció, espectáculo por el que pensé en cobrar a mis vecinos, que se apeñuscaba para ver mejor), cinco choques en crucero peligroso, dos ciclistas hechos pomada por camiones que hacer competencia por ganar la parada nomás por que sí y varios peatones que ya han pensado en tomar clases de funambulismo para cruzar la calle al estilo NY. He dejado en último término a lo que da vida a un edificio de departamentos: sus vecinos. ¡Ah! ¡Los vecinos! Sin ellos la vida no sería igual, a continuación describo algunas personalidades sin que por ello me niegue a aceptar que existen más, estos fueron los que me tocaron.
LA ACOMEDIDA: Es la que te toca la puerta al segundo día de tu llegada, casi siempre para verificar qué clase de persona eres y cómo tienes arreglada tu casa. Llega con una charolita de galletitas “hechas por ella” como detallito de bienvenida. Te pone al tanto de cómo funciona el edificio: pago de luz y agua general, mantenimiento, estacionamientos y otras minucias. Es tan acomedida que se ofrece a guardarte una copia de tus llaves por si algún día pierdes las tuyas. Yo pienso que es para meterse a fisgonear.
LA CHISMOSA: Este modelo es un clásico: te taclea en el pasillo, cuando vuelves del trabajo cansada y con hambre. Te detiene y te dice: -“¡Hola! ¿Tú eres la del dos, verdad? Me llamo Casilda, mucho gusto, yo vivo en el “B” en el número 7 para lo que se te ofrezca”-. Tú por amable, le sonríes y le das las gracias, ofreces lo mismo. Cuando piensas que te libraste de ella y ya te estás saboreando la siesta que piensas, te espera, ataca de nuevo: -“Oye, mira, no es que te quiere predisponer (¡No, para nada!) pero creo mi deber advertirte que en el edificio donde vives hay una chava que es medio neurótica, ni saluda la muy pelada, y si te estacionas en su lugar ¡Uyyy! Arde Troya. Es la del 12, nomás te digo para que sepas… también hay un tipo… bla, bla, bla…” Cuando acuerdas, ya pasaron dos horas, no sabes como cortar a la bocona y piensas que bueno, que ya sacaste un ánima del purgatorio.
LA NEURÓTICA: La chismosa tenía razón. No falta la que siempre trae el moño virado, está enojada con la vida, con su depa, con sus hijos, con el ca…ón que la dejó, con los que la han explotado, con su coche y con toda la humanidad en general. Si acaso osas saludarla, te responde con un gruñido al estilo Pit Bull; si abre la puerta del edificio y ve que vienes detrás de ella, te cierra la puerta en las narices; nada la conmueve y la perturba, goza haciendo sentir mal a los demás, pero muere si la ves con lástima. Con eso neutralizas todos sus poderes.
EL ESPÍA QUE ME AMO: este es el clásico ejemplar que suele ser divorciado o soltero, no tiene suerte con las damas y anda a la caza de lo que se mueva. Comienza muy amable a saludarte de lejitos mientras una contesta un “buenos días” cortante. Le sigue el clásico “¿te ayudo con tus bolsas del mercado?” Rezongas, pero aceptas mientras piensas que “esto pesa con madres”. ¿Te subo el garrafón? ¿Te bajo el mueble? Y en puro subir y bajar cosas se le va la vida al hombre mientras piensa que quisiera bajarte otra cosa… “¿Oye, cuándo me aceptas una invitación a tomar un café?”, “¿Me das tu teléfono?”. Por ningún motivo lo hagan, porque después comienza el mensajito de “te estoy viendo, qué bonita te ves hoy…etc.” Librarse de un espía requiere de técnicas complejas como salir de tu depa pecho a tierra y pues, ¿qué necesidad?
LOS VENDEDORES: Estos vecinos también son un peligro para tu economía, venden de todo, en mi edificio tengo uno que vende chorizo y queso de la huasteca, cosméticos por catálogo, ropa en pagos, seguros de vida y tiempos compartidos. Una vez que les das entrada, estás muerto. Te endrogas por zafarte del penoso momento, sin saber que el destino te depara otros peores a la hora de la cobradera. Tip: compre un paquete de sobrecitos y eche por debajo de la puerta el pago quincenal. Mande un mensaje por celular para verificar de recibido el cobro. Y no le vuelva a comprar.
LOS ESTUDIANTES: Estos son una raza aparte. Normalmente no alcanza uno a conocerlos porque son población flotante, como flotante es la música estridente con que amenizan la vida cotidiana del edificio, sobre todo viernes y sábado. Tenga a mano el teléfono de la policía urbana o en su defecto, investigue el número de departamento y desconecte el medidor correspondiente.
LAS ABUELAS: Estas son señoras o señoritas (no se sabe a ciencia cierta) que viven solas, les gusta echarse su jerecito a cualquier hora del día, tejen como locas lo que se les ocurra y tienen tres gatos que se llaman “Nenúfar”, “Víctor Hugo” y “Chato”. A estas sí hay que darles sus vueltas porque donde vivo ya van dos que pasan a formar parte de las huestes del Señor (no sé si el de las tinieblas) y nadie nos dimos cuenta hasta como cinco días después del acontecimiento.
¡Nombre, si es rete divertido!
lunes, 17 de septiembre de 2012
La noche de los muertos vivientes
Siempre me han llamado la atención las películas de ficción. Lobos, vampiros, monstruos estelares de planetas lejanos. Pero mis favoritas son las películas de zombis. Investigando sobre sus características principales di con las siguientes:
A un zombi sólo lo puedes matar de un disparo en la cabeza, decapitarlo o destrozarle el cráneo con lo que se tenga a mano.
Los zombis no ven, sólo reaccionan al sonido;
Su alto poder consiste en que no sienten nada, les puedes romper cualquier parte del cuerpo y ellos ni se inmutan, seguirán persiguiéndote;
Su peligrosidad radica en que siempre andan en grupo, entre más zombis, más probabilidad de que te infectes:
Si te muerden, al cabo de unos minutos comenzará tu transformación…
Se desplazan de manera lenta y torpe, pero jamás se cansan, así que esto no impide que en algún momento lleguen hasta ti y se te lancen con todo…
Y que me acuerdo con todas estas características de los zombis que pasan por nuestras vidas… purititos hombres que se daba por muertos y que de repente se aparecen para infectarnos con sus palabras. Así que queridos lectores, publico a manera de advertencia una clasificación sobre cómo sobrevivir a un zombie que entra en sus vidas sin avisar con manual de supervivencia incluido:
El zombi “fuiste el amor de mi vida”: este es un espécimen peligroso, de los más letales que hay, ya que ataca directamente al ego de sus víctimas con esas sencillas palabras. A nadie le desagrada que le digan: “fuiste el amor de mi vida”. Para sobrevivir: no ha más que responderle: “¿Fui? ¡Ah! Pues que bueno que ya no soy, así ya no sufres y lo tienes superado.”
El zombi “siempre te he amado”: este es una variante del anterior, pero aquí la peligrosidad del individuo radica en que te están afirmando sin empacho alguno, que te siguen amando, y que durante veinte años no han comido, ni dormido, ni tenido sosiego alguno porque son muertos en vida desde que los dejaste… Para sobrevivir: compadécete un poco de él y regálale un curso de cómo hacer poesía en cinco fáciles lecciones, así se desfogará un poco, serás su musa eterna y siempre te verá como la diva lejana que jamás será suya.
El zombi “amigo”: este entra dentro de la clasificación de baja peligrosidad, porque fueron amigos, pero nunca cuajó nada. Se llevaban bien, compartían cosas y era tu mejor amigo hasta que él cayó en otras redes y tú te replegaste. El problema con estos, es que luego quieren retomar la amistad y ya no es lo mismo. Para sobrevivir: dile que todo tiempo pasado fue mejor y que quieres mantener esos bellos recuerdos en tu mente. Que no es él, eres tú.
El zombi “come carne”: este es el más peligroso de todos. Regresan después de veinte años a querer reanudar una relación que en su tiempo fue “free” y te ven como su “por mientras encuentro…” Para sobrevivir: ¡Aléjate! No permitas que entre de nuevo en tu vida, te traerá dándole vueltas al asunto, nunca se comprometerá contigo porque ya tiene una vida hecha y viene arrastrando un pasado tormentoso. Lo más seguro es que acabes cargando el muerto por años y no veas resultados.
Definitivo, las películas de zombis son mis favoritas.
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