
Hace poco estaba platicando con una pequeña amiga de 11 años. Ella me comentaba lo difícil que es escoger a las amigas. Me acordé de cuando yo tenía su edad y un dejo de nostalgia junto con un hoyo profundo en la panza apareció. ¡Qué difícil es la niñez a veces! En esos tiempos no se conocía lo que ahora les ha dado por llamar “bulling” o acoso a alguien, ya sea por gordo, por egoísta, porque sus papás son raros o porque no gusta de lo mismo que los demás. Cuando alguien te decía “¡Córtalas para siempre!” mostrándote delante de la cara sus pequeños dedos índice y pulgar unidos en un círculo que representaba la amistad a punto de ser destruida por el corte certero del dedo índice del afectado era la peor afrenta que uno podía recibir. Cuantimás si con anterioridad se habría celebrado un pacto de amistad incondicional, de esos que son “para siempre”. Normalmente, los pactos de amistad se llevan a cabo en condiciones harto románticas: durante un campamento, en un retiro espiritual, a la hora del recreo o por las tardes, cuando vas a jugar con tus amigas a las muñecas o –en la actualidad–el X-boxs, lo que se prefiera. El pacto constaba de ensalivar el dedo meñique o “chiquito” de la mano derecha y unirlos, de modo que nuestros respectivos ADN quedaban mezclados en una sola alma y un solo ser. Había una variante que se hacía realizando un pequeño corte con una navaja de rasurar, pero esas eran palabras mayores, porque ese era EL PACTO DE SANGRE, que es mucho más fuerte e indestructible. Si aunado a todo el ritual decíamos las palabras cabalísticas: “somos amigas de dedo chiquito, si nos enojamos, se enoja Diosito”, eso era el acabose. Ya no había poder humano o sobrenatural, fuerza cósmica, embrujo ni hechizo alguno sobre la tierra o universo conocido hasta entonces, que pudiera dividir esa inquebrantable amistad… hasta que llegaba tu amiga al día siguiente blandiendo ante tus ojos lagrimosos el “terrible círculo de la amistad” por alguna razón babosa como que te habías llevado las liguitas de sus frenos dentales para usarlas en el pelo de tu Barbie o cosas por el estilo. Como en toda historia que se precie en donde luchan las fuerzas del bien y el mal, había una solución, un remedio al corte letal del círculo fraterno. Tres palabras –si no son tres o siete, no funciona– nos devolvían el alma al cuerpo, el universo recuperaba su armonía, todo estaba bien y en orden y el cosmos volvía a entonar su alegre melodía: ¡Chócalas de nuevo! Y pensar que ahora todo se soluciona con un término gringo, nomás le pones “unfriend” y ¡listo! el FaceBook pone a tu amistad a dormir el sueño de los justos sin problema…