domingo, 16 de mayo de 2010

De cómo consolar a la rosa y al jazmín…

Como ya he platicado, tengo alma de rumbera frustrada, timbalera arrabalera y danzonera de corazón. En esta ocasión pues, les platicaré de mis incursiones en el mundo de la farándula… Mi primera aparición en escena fue de hada en la conocida canción “Los Juguetes” de Cri Cri… ya saben: “Al sonar las tres de la mañana…” Salí con vaporoso vestido blanco y varita mágica confeccionada con un palo de escoba y harta diamantina plateada, me sentía soñada en el escenario… y no lo pude dejar hasta varios años después. Como no era rubia y de ojitos azules mis papeles escolares se limitaron a ser: árbol y flor en el festival de la primavera (las monjas se pintaban solas para hacer disfraces: con una flor de papel lustre pegada en las manos o ramas de papel crepé, una podía ser lo que fuera con un poco de imaginación y super-visión materna); monja envidiosa en la puesta en escena de la vida de nuestra Madre Fundadora; bailar el conocido son “El Rascapetate” con vestido de manta bordado de listones de colores. Pero eso no fue obstáculo para que mis ansias de bataclana se vieran mermadas. No señor, me propuse salir en escena las veces que fueran necesarias para alcanzar el anhelado aplauso de las masas.

Al paso de los años y con varias frustraciones encima, decidí entrar en la rondalla porque me gustaba el que tocaba la guitárra, ya saben, los músicos siempre tienen el valor agregado de “crecer en el escenario”. El grupo se componía de todos los virtuosos de la música que el colegio tenía entre sus filas: que sabías tocar el triángulo, la maraca o la bataca, vas pa’dentro. Como yo solamente poseía mi voz de contralto que no hacia juego con mi baja estatura me pusieron en la orilla de la primera fila. El uniforme del mencionado grupo coral consistía en pantalón color vino, blusa blanca y un sarape espantoso en negro y naranja fosforescente el cual jamás había pasado por la lavandería, por lo que el sudor de veinte generaciones se intuía en él. El repertorio fluctuaba entre “El Andariego”, “Cómo” y canciones en portugués como “Moro num pais tropical” que yo cantaba como podía y como me sonaba... Sergio Méndez hubiera muerto al oir nuestra interpretación. Comenzaron las giras al “interior de la república”. Fuimos a Sahuayo, Michoacán en un camión rentado y con la expectativa del triunfo entre ceja y ceja. Los padres de familia del colegio sahuayense nos recibieron “gustosos”. Me bajé del camión saludando a toda la afición. Me tocó llegar a una casa cuyos habitantes eran aproximadamente cuarenta y siete, entre hijos, nietos, abuelos y primos hermanos. Y seguro me vieron con falta de calcio porque de regreso la madre de aquellos cocijos me obsequió una bolsa de yute rellena de mangos petacones, corundas, uchepos, salsas de las dos, queso bola, tortillas, plátanos dominicos y siete naranjas. De más esta decir que mis compañeros se burlaron de mí, pero bien que le entraron al tentempié. Así, recorrí toda la zona centro-occidente y pueblecillos aledaños, bajo los acordes de “...y locas las fontanas, se contarán su amooooor” y “....un muñeco de carne mitad tú, mitad yo”. Tuve oportunidad de conocer al osito panda de Chapultepec, mientras mis compañeras se iban a la disco. El colmo fue cuando el de la guitárra se “enredó” –uso esa palabra porque cuando una anda ardida usa esas palabras altisonantes- con mi mejor amiga: se la pasaban recitándose los versos intercalados de las canciones de la rondalla de Saltillo. El colmo fue cuando él le dijo: “la próxima que salga en el radio del autobus, es lo que yo te digo”. Mi satisfacción fue infinita cuando la radio emitió “Yo quiero una novia pechugona”, me acomodé en mi asiento y seguí comiendo mi mango petacón con harto chile...

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