lunes, 1 de marzo de 2010

Retiros espirituales o de cómo no darle gusto al cuerpo

Ahora que estamos en época de mortificación y recogimiento por cuaresma, he recordado –no sin horror- aquellos retiros espirituales a los que asistía cuando aún pensaba que me cuidaba mi angelito de la guarda. Haciendo un recuento, puedo afirmar ahora, que las monjas tienen un lado oscuro perverso y malévolo y si no, niéguenme esto:

Las instrucciones para asistir al retiro espiritual consistían en llevar ropa cómoda y un almuerzo elaborado por nuestras abnegadas madres. La mía se esmeraba, de tal manera que siempre llevaba un delicioso sándwich de jamón y queso amarillo, un bolillo con cajeta, fruta picada en un “toper” y una cantimplora de esas de plástico con tapita roja que había antes, llena con limonada en su punto. Todo esto debidamente empaquetado en una bolsa de pan blanco “Bimbo” cerrada con su correspondiente liga. Las muy curras tenían unas loncheras de metal impresa con la serie de tv de moda y un termo miniatura haciendo juego que se guardaba dentro de la maletita.

La perspectiva de pasar un sábado desde las 10 de la mañana y hasta las 6 de la tarde con las compañeras de la primaria y ¡sin uniforme! era ya bastante atractiva por lo que yo estaba como flecha, lista para emprender una nueva aventura... religiosa.

La primera actividad del día era la misa de bienvenida en la capilla de la escuela, entrabamos todas, muy derechitas, formadas en fila por estaturas y nos sentábamos en las bancas de a seis en seis, pero ¡guay de nosotras si volteábamos para atrás! Zape seguro en la cabeza. Las compañeras del coro entonaban entonces “¡Señor permite que te haaaable hoy, del dulce encuentro que me cambióooo...! Canción que francamente a mi me parecía más un bolero tormentoso que melodía incitadora al recogimiento espiritual... Y las del coro siempre me cayeron gordas porque se sentían con voz privilegiada de ángeles, mientras que yo cantaba como Ganso Coco.

Una vez ejecutada la misa, nos íbamos al patio y comenzaban las pláticas del retiro, que fluctuaban entre temas como la Pentecostés, que sigo sin entender y “el niño perdido y hallado en el templo”, que entiendo mucho menos. Me maravillaba cómo el padrecito reflexionaba sobre un versículo de la Biblia durante horas sin aburrirse... él, porque nosotras a la media hora ya estábamos como leones enjaulados y queriendo salir a correr. Me acuerdo de un sacerdote que cuando hablaba siseaba porque tenía frenillo y por supuesto, mi atención morbosa se centraba en la forma de hablar del hombre más que en sus palabras, achaco este sucedido al hecho de no entender el misterio de la santísima trinidad.

Finalmente, llegaba la hora de comer. Entonces una monjita pequeña, blanca y con ojitos aguanositos nos decía: “Queridas niñas, ahora vamos a la comida. Como uno de los objetivos es que sean compartidas con las demás, vamos a intercambiar los lonches entre todas. Escojan una lonchera que no sea la suya por favor”. Eso y una puñalada trapera eran una y la misma cosa, porque por supuesto, a mí siempre me tocaba el lonche de una niña cuya madre desnaturalizada había puesto en la engañosa lonchera de metal un plátano pasado, una “Bonafina” y un chupirul.
De lejecitos, las monjas nos observaban complacidas, regodeándose en su malévolo plan. En esos retiros espirituales dejé mis recuerdos más queridos quemados en una pira inquisitorial, mis lonches más sabrosos y recojo los restos de mi espíritu. Después de años de ir a las misas de viernes primero, usar el escapulario durante veinte años y ofrecer sacrificios al niñito Jesús, ya puedo afirmar sin temor a equivocarme que puedo pecar tranquila.

sábado, 20 de febrero de 2010

Las tienditas de la esquina

Desde que vivo frente a un minisúper de conocida cadena, me entró la nostalgia por las tienditas de la esquina. Esos negocios gélidos con luces artificiales día y noche, en donde puedes encontrar comida rápida lista para comerse en tres minutos, con señoritas de uniforme y preguntando “¿En qué te puedo servir?” me deprimen terriblemente.

Cuando iba a casa de mi abuelita, una de las salidas obligadas después de recibir el anhelado “domingo” –un peso de plata, grandote y brillante- era ir a “La Lluvia de Oro”, prestigioso y añoso comercio ubicado cual debe, en una esquina de la calle. “¡Vamos a la tiendita de la esquina!” era el grito cuando mi abuela nos daba el consabido peso. Esas tienditas no podían estar ubicadas en otro lugar que no fuera la esquina, si estaban en medio de la cuadra, fracaso seguro. Normalmente, eran atendidas por dos viejitas que tenían un hermano flojo el cual se la pasaba horas mosqueándose afuera de la tienda, sentado en una piedra filosofal ubicada a la entrada del comercio, tomándose un “Pep”, fumando “Faros” y pensando en la inmortalidad del cangrejo. Las dos viejitas llamábanse Cuquita y Amalita, así, en diminutivo porque ya eran viejitas, aunque yo tengo la teoría de que así nacieron, viejitas.

¿Qué podíamos encontrar en esas tienditas? Vitroleros con todos los dulces imaginables, mis favoritos eran los “Barrilitos” de Constanzo. “Me da diez centavos de Barrilitos”. Cuquita desprendía de un gancho un pedazo de papel de estraza con el que elaboraba un “cucurucho” para despachar a la escuincla que veía con ojos golosos como los dulces eran trasladados al rústico empaque. Otros contenían una mezcla opaca y blancuzca consistente en cueritos en vinagre, chiles jalapeños y zanahorias que eran usados para la deliciosa torta estilo “albañil”. Los mostradores eran pintados de color verde pistacho, producto del patrocinio del refresco de cola. Había banquitos de madera con patas torcidas de alambrón que servían para que los clientes se tomaran un respiro mientras los despachaban. Lo mismo vendían zacate para bañarse que cartuchos para el calentador –aserrín y petróleo empacados en bolsa de papel-; escobas de popotillo y tierra para las macetas o lavar los trastes; frascos llenos de microbolsitas de shampoo marca “Vanarth” con clara de huevo o hierbas del campo; cold cream “Tres Caritas” o pomada de “La Campana”; pan dulce puesto en una charola de “La rubia que todos quieren” cubierto con un plástico polvoso que dejaba mucho qué desear respecto a la higiene. Y claro, no podía faltar la imagen de San Martín Caballero como protección para el negocio. Pinole suelto, huevo y frijol “Flor de Mayo” nuevo. Como casi nadie tenía teléfono, algunas hasta caseta de madera y una banquita

Y ni hablar de los nombres: “El Tepeyac”; “El Cubilete”; “El Águila de Oro”; “El Porvenir”; “Fe en Dios”; “La Esperanza”; “Las Quince Letras”; “Don Darío”; “La Guadalupana”; “La Provinciana”... Tal parece que aludiendo a nombres religiosos aseguraban el éxito comercial. Todo mundo conocía a los dueños, y los clientes se estaban horas platicando cuando pardeaba la tarde. Por eso, cuando sea viejita, quiero tener una tiendita de estas, llena de cositas para vender pero sobre todo, como pretexto para platicar con los vecinos, los niños me llamen “Doña Rimita” y piensen que nací así, viejita.

martes, 9 de febrero de 2010

La “prueba de amor”

En mis tiempos juveniles las madres, siempre amorosas y vigilantes de sus retoños femeninos advertían, no sin razón: “Nunca des la prueba de amor”. La prueba de amor –para quienes todavía no han percibido qué es esto puesto que el término ha perdido vigencia, es entregarse sin reservas a un hombre (Aquí viene al caso un fondo musical que indique tragedia o suspenso). Las películas mexicanas eran muy ilustrativas para dejarnos ver que la muchacha había sucumbido ante el enemigo malo y caído en la tentación que conllevan los castos besos dados en un portal de vecindad: beso apasionado e inmediatamente la cámara subía hacia unas nubes que amenazaban tormenta o bien, si la escena era en interior, paneo hacia una imagen de la Virgen de Guadalupe que tambaleante caía del buró ante los embates de los nuevos amantes.

Ahora no sabría especificar cuáles puedan ser consideradas pruebas de amor. Ya no hay “ripio de candor” como he mencionado en anteriores entradas. Ahora hay un intercambio de pruebas de amor que da gusto. Para no demeritar el término y quitarle vigencia, propongo que ahora sean los hombres los que nos den la “prueba de amor” siguiendo estas fáciles y sencillas instrucciones:

1. Bajen la tapa del baño, que además de ser una deferencia hacia la mujer, estéticamente el baño luce mejor, a las mujeres nos encanta disfrazar el baño con encajitos, telas floreadas o santacloses tapándose los ojos, queremos que el baño luzca lindo y coordinado;

2. Cuando los llamemos para matar una cucaracha o cualquier feo bicho, acudan presurosos con escoba en mano a salvarnos. No se vale decir: “¡Ayyy! ¡Pero si es sólo un insecto! ¿Por qué tanto escándalo?

3. Si nosotras preguntamos: “¿En qué estas pensando?” utilicen su imaginación, no contesten “en nada” porque eso sólo incrementará nuestra calenturienta imaginación;

4. Jamás cuestionar si siempre no seguimos la dieta, dejamos de fumar o comenzamos a caminar por la mañana como habíamos dicho;

5. Alabar nuestras compras mostradas como “ofertas”, todas necesitamos de vez en cuando “jazmines para el alma”;

6. De vez en cuando, sí trabajar en equipo

7. Servirnos el plato en la fiesta o recogerlo cuando terminemos;

8. Si hay alguna descompostura en el hogar, arreglarlo de inmediato, no dejar que las cosas se caigan a pedazos;

9. No enojarse si declaramos que nos gusta Brad Pitt, George Clooney o Jude Law, las probabilidades de que tengamos una relación con ellos es una en miles de millones, así que déjenos disfrutar de la fantasía momentánea;

10. De vez en cuando, sorprendernos con un: “¿Vamos al cine a ver la última de Meg Ryan?”, lo sé, este pudiera ser un comportamiento sospechoso pero puede ser fácilmente superable si la próxima vez nos piden ir a ver la última de Van Damme;

11. Evitar en la medida de lo posible hablar de efluvios corporales, mecanismos fisiológicos, chistes de mal gusto, vulgaridades o palabras altisonantes;

12. Dejar que hablemos a gusto por teléfono, no pararse frente a nosotras como poseídos por un espíritu maligno esperando a que les digamos quién es;

13. No decir: “¿Qué te hiciste en el pelo?”; “Te llamo luego”; “Tenemos que hablar”; “No eres tú, soy yo...”

14. Tender la cama, lavar los platos, poner la ropa sucia en el cesto...

15. Y la prueba de fuego ¡Ceder el control de la televisión...!

Estas son algunas pruebas de amor contemporáneas de muchas que pueden ustedes pedir, claro que como mi madre decía: “Que se las den... es otra cosa”. ¡Feliz día del amooooor!

martes, 2 de febrero de 2010

Esas cosas que nos dan un placer secreto...

1. Muestras gratis de lo que sea: quesos, salchichas o un shampoo que jamás vamos a comprar pegado en una revista;
2. Ir al salón de belleza y sentir el masajito hasta quedarte dormida;
3. Ir de compras y llegar a tu casa a sacar todo de su bolsa para observarlo regocijada;
4. Descubrir que tu ex tiene una novia más fea que tú;
5. Que te den masajito en los pies;
6. Encontrar un billete de alta denominación en un saco perdido del closet;
7. Que todo mundo te diga que aparentas menos edad de la que tienes;
8. Que alguien te regale algo que te trajo de su último viaje;
9. Tomar café con galletitas con una amiga;
10. Ir al café con un amigo inteligente;
11. Ver una película de amor en una tarde lluviosa y con frío;
12. Que te digan “tienes razón”;
13. Cerrar la puerta justo cuando tu vecina odiosa y platicona abre la suya;
14. Estrenar... lo que sea;
15. Que una amiga te platique su última cita con lujo de detalles;
16. Comer chocolates sin remordimiento;
17. De repente, comportarte como una víbora sutil;
18. Estar recién depilada, recién manicurada y con pelo de revista;
19. No seguir una dieta;
20. Actitud de “ser bella, ser amada y tener un secreto”;
21. Que tu gato se acueste en tu regazo;
22. La primera cita;
23. Un encuentro inesperado... de un galán del pasado;
24. Cuando la canción que escuchas encaja perfecto con tus sentimientos;
25. Ponerte “chinita” con una poesía, una canción...
26. Llorar sin pena en una película;
27. Poder tener el control remoto de la TV;
28. Que todavía te quede ese vestido...
29. Rechazar a ese alguien sin remordimientos;
30. Tener un admirador secreto....

Y a tí ¿Qué te causa un placer secreto?

martes, 26 de enero de 2010

Una tarde familiar

Una tarde en familia es espectacular hasta que cumples trece años. Antes de esa edad, esperas el domingo con ilusión inmensa porque ese es el día en que tu mamá te pone guapa –a excepción de los bucles y de que te vistan igualita que a tu hermana, claro-. Vestidito vaporoso, calcetines “Periquita” y zapatitos de charol. Antes de salir te mandan al baño y mi madre carga una bolsita de plástico con un trapo viejo, un pañal de manta de cielo, húmedo. En ese tiempo no existían las toallas húmedas. Salimos a la plaza de Armas, papá y mamá adelante, tres hijitos atrás, los cuales permanecen sentados y estáticos mientras ven pasar a las familias a través del cristal del automóvil. El papá consigue estacionar su coche setentero frente a la catedral, mientras los chiquillos brincan de gozo –interno, por supuesto- ante la expectativa de una bola de nieve de “Don Cruz”. Si por alguna razón, la criatura se mancha los bigotes, mamá saca su trapito e inmediatamente pone remedio al estropicio. Hasta aquí los recuerdos de los años maravillosos. Hace poco, tuve la inmensa dicha de pasar una tarde con una familia entrañable, pero no por ello menos “peculiar”. Pondré en contexto: soy mujer sin hijos, por lo que valoraba de manera superlativa una tarde de vástagos y gritos... hasta ese día. Salimos en tremenda camioneta, tres adultos y dos peques... mal nos trepamos al auto y ya los críos comienzan a apabullar a sus sufridos padres con demandas alimenticias –no necesariamente ricos en minerales y proteínas- cual pajarillos salidos del cascarón. “¡Mamá! ¿Me compras un esquite?”... “Si hija...” “¡Pero que sea de Morales!”. Y allá vamos, desde el centro hasta Morales por el esquite. Luego sigue el peque: “¡¡¡¡Mamáaaa, yo quiero un gazpachooo!!!” Y rugen los motores rumbo al gazpacho. Cito la lista de las compras de esa tarde: tres cafés capuchinos ultradulces, cinco vasos de elote tierno con harto chile y crema, una tira de chile molido en sobrecitos individuales, mismo número de vasos con raspados multisabores, dos paletas Payaso, palomitas acarameladas, una bolsa de frituras preparadas –elote, crema y chile-. Pasada la tarde, llegamos cansados y satisfechos a casa de mi amiga y ella pregunta: “¿Quieren cenar?”. “¡¡¡Siiiii, unos hotdogs!!!! A la fecha, y de esto hace quince días, todavía no me puedo curar de la seguidilla* que me dio.

Esta nota se la dedico con todo mi cariño a “m” que es la hijita de “M”.

*Término vulgar para denominar a la diarrea.

sábado, 16 de enero de 2010

Cosas que hubiera preferido no saber

Iniciamos el año con un frío que cala hasta el tuétano. Y me puse a pensar en todo lo que nos dicen los mayores a través de los años y que poco a poco mata las ilusiones. Si algún niño pequeño y lleno de ilusiones casualmente está leyendo esto, favor de evitarlo, porque no me hago responsable de traumas ajenos.

1.Que no existe Santa Claus o el Niño Dios: ¿Qué mente perversa ideó semejante mentira? Eso es para hervirlo en aceite, para colgarlo o amarrarlo en la rueda. Durante por lo menos 10 años anda una de creída con ese argumento y haciendo cartas y yendo a la juguetería para escoger el regalo y mandando globos al cielo... caray, ¡que duro! Y no falta el acomedido que te diga que no es cierto, que son los papás...

2.El ratón de los dientes: hasta apellido tenía el condenado ratón. Pérez para mayor referencia. Mi padre me contó toda la historia: el ratón tenía un camión en donde recogía todos los dientes de los niños y se los llevaba a su fábrica de muebles, en donde convertía la materia prima en primorosos sillones, mesas, sillas y uno que otro banquito por aquello de los dientes careados. A cambio del fragmento dental, el ratón me dejaba una carta dándome las gracias y una moneda de a peso –verdadera fortuna en esos días-. Una vez me dejó unos aretitos de oro y eso no me gustó nadita, pero en fin, el ratón tenía sus razones. Yo, con la mente que me caracteriza, imaginé un mundo de ratones labradores que iban y venían laborando arduamente con los dientes de todos los niños del mundo...

3.Si te rapas, te saldrá más pelo: sin comentarios, sigo escasa de pelo.

4. Si le pegas a tus mayores, se te secará la mano: mi curiosidad científica pudo más que mi respeto irrestricto: pegué, me la devolvieron y mi mano sigue intacta.

5.La de la verruga en la mano no la platico....

6.Con el tequila se quita la gripe... no se quita, tampoco se olvida y aunada a la enfermedad anda un cargando una cruz....

Además, me falta por comprobar las siguientes:
1. Con un pedazo de carne de zorrillo se quita la tos;
2. La orinoterapia quita todos los males del cuerpo;
3. Que la baba de caracol deja la piel suave y tersa;
4. Que la rata es un platillo delicioso.

Yo con estas cuatro me quedo con la ilusión.


Nota: El 5 de enero de 2003 el Ayuntamiento de Madrid rindió un homenaje a este personaje de leyenda instalando una placa conmemorativa en el mismo lugar donde el padre Coloma situó la vivienda del roedor con el siguiente texto: Aquí vivía, en una caja de galletas, Ratón Pérez, según el cuento que el padre Coloma escribió para el niño Rey Alfonso XIII. La ilustración de esta nota es la placa conmemorativa dedicada al singular personaje.

domingo, 3 de enero de 2010

Peccato di Cardinale: cómo sobrevivir a una cena elegante

Con motivo del fin de año, me invitaron a una cena elegante. Como soy egresada de colegio de monjas y pertenezco a una familia fina y educada, no me preocupé. Llegué con mucho aplomo, saludé a la concurrencia con corrección y amabilidad y cada vez que alguien decía algo gracioso, colocaba mi mano frente a la boca para que mi risilla no molestara a los demás. Llegado el momento, pasamos a la mesa que estaba dispuesta para veinticuatro comensales. Llamó mi atención la bella mantelería bordada a mano, las servilletas de lino –impecables- y la pequeña tarjetita impresa con el nombre de cada asistente. A mí me tocó sentarme entre una señora de peinado alto y collar de perlitas y un señor que se la pasó carraspeando durante toda la cena. Dos absolutos desconocidos. Después supe que eran matrimonio pero que andaban en broncas, así que la anfitriona me puso en medio de los dos conociendo, por supuesto, mis dotes para la diplomacia.

Muy derechita examiné lo que tenía frente a mí. Cinco tenedores del lado izquierdo, todos de diferente tamaño y forma, unas pinzas de aspecto amenazante y unos “pinchos”, que después supe para qué eran. A mi derecha, en rigurosa formación cucharas y cucharones y uno que otro cuchillo, todos de formas por demás exóticas. Dos copas para vino en fila frente a mí esperaban ser escanciadas con el fino vino de mesa con que nos regaló el anfitrión. La servilleta estaba doblada en forma de flor sobre el plato y cuando la desdoblé me fijé cómo estaba armada, pero era peor que origami japonés. Como hors d'oeuvre nos sirvieron un paté Lorrain con unas galletitas muy simpáticas acompañándolo y adornado con un jitomatito en forma de rosa y un pedacito de perejil chino -no de China, sino enchinado-. Como plat de résistance nos sirvieron unos caracolitos en su concha (escargots au vin) –que para esto eran los pinchos- y que yo comí, como dice el nombrecito franchute, con “harta resistencia” porque me imaginaba los del jardín de mi casa, viéndome con sus ojitos en las antenas. Ya el segundo plato, hasta me dieron ganas de darle la “vuelta al ruedo” con un pedacito de croissant porque estaba bien bueno el Chateubriand ese. A esas alturas yo ya cantaba la Marsellesa y todavía faltaba el Fromage que es una charola con quesos de lo más fino –entre más apestosos, más apetecibles- y más vino, por supuesto. Ya para cuando llegaron las Ciruelas al Cognac, yo tomaba prestado el tenedor de la señora de perlitas que me veía de fea forma por platicar con su carrasposo marido. No cabe duda que prefiero los tacos del “Fugi” en donde la única elegancia es levantar la parte trasera del taco y elevar con gracia el dedito meñique, porque, como ya sabemos, en la forma de tomar el taco, se nota el que es tragón.

Esta nota se la dedico con todo respeto a mis amigos franceses cuyo “frañol” es genial y de quienes he aprendido a degustar mil delicias de la cocina francesa.

jueves, 31 de diciembre de 2009

Propuesta para propósitos de año nuevo

Invariablemente, cuando un año está por comenzar, hacemos nuestros propósitos de año nuevo. De más está decir que son los siguientes: dejar de fumar, comer más sano o de plano, no comer, hacerle caso a mi esposo(a), poner más atención en lo que hacen los hijos o en su defecto, inscribirlos a la clase de violín que tanto hemos anhelado para nosotros... y así por el estilo. Pues basta de falsedades, ahora les propongo algunas cosillas que se me ocurrieron y que tal vez pudieran ser más factibles de realizarse que lo anteriormente expuesto líneas arriba:

1. No hacer nada;
2. Ir al cine solo (a);
3. Comprar una nieve de tres bolitas;
4. Comer más chocolates;
5. Abrir las puertas de par en par;
6. Aprovechar las oportunidades;
7. Dejar a los hijos en paz;
8. Dedicar una semana a un pecado capital diferente;
9. Descubrir nuevos pecados capitales;
10. Aprender a decir que no...
11. ...Pero dar el sí más seguido
12. Por puro placer: comprar esos zapatos,
13. ...ese collar;
14. ...ese libro;
15. Bailar un danzón aunque no sepas;
16. Reír mucho, causa buen efecto;
17. Traer una libretita para apuntar esas cosas que me gustan;
18. Comprar un buen bolígrafo;
19. Preparar un momento de autoapapacho;
20. Leer más y hablar menos;
21. Buscar un minuto de silencio al día;
22. Reportarse enfermo en el trabajo;
23. Ver “esa” película;
24. Menos red y más conversaciones cara a cara;
25. Soñar despierto;
26. Por fin, atreverse;
27. Poner la mente en blanco:
28. Comprar jazmines para el alma...
29. Y flores para tu casa;
30. No tener propósitos... dejar que la vida fluya.

http://http://www.youtube.com/watch?v=0CVB8YSOLK4&feature=related

martes, 29 de diciembre de 2009

Conversando en la cola

Ahora que estamos de vacaciones navideñas es muy común que para todo tengamos que hacer filas o “colas”, como normalmente dicen algunos. Hace poco, me tocó estar en una de las más terribles, tediosas y largas: la de un cine en película de estreno. Estarán de acuerdo conmigo, que en una fila uno no puede platicar de todo así nomás, sin pensar. Por ejemplo, no podemos platicar intimidades de nuestra relación de pareja o criticar a la amiga, porque corremos el riesgo de que el de atrás la conozca, así que nos ponemos a decir tonterías... Los temas más socorridos en una fila, son muy similares a los que se tocan cuando nos quedamos varados en un elevador o el taxista en turno nos saca plática: “-¡Qué frío ha hecho, verdad tú!”... ¡Sí, de pastorela! –contesta el otro. Como decía mi abue, los temas fluctúan entre “Que frío, qué calor, pobres de los ahorcados*”. Pero esta vez, los temas rebasaron la imaginación más pervertida que imaginarse pueda. La plática –no sé por qué extraña razón- deriva en lo apretado que va uno en los camiones de transporte público. Mi acompañante hace un comentario de una vez en que iba en un vagón del metro inmaculadamente vestido y le viene una náusea incontenible que lo hace “poner puesto” dentro de la unidad móvil, bañando a los usuarios con la fétida mezcla del procesado desayuno. Ni tardo ni perezoso, el muchacho de adelante emite una risilla e inmediatamente voltea a ver quién es el protagonista de tan asquerosa anécdota. Y platica la suya, y el otro le contesta con una más intensa... y hagan de cuenta que estamos en un mano a mano al más puro estilo de Pedro Infante y Jorge Negrete. Ya para esto, los cinco de adelante y los cinco de atrás están interesadísimos en el anecdotario compuesto por fluidos corporales a cual más de asquerosos. Comienzo a pensar en un paisaje bonito para no “poner puesto” yo también... me sonrío con la señora de adelante que nos echa una mirada digna de “Terminator”... Observo con beneplácito cómo surge una amistad sincera en la cola del cine... Volteo hacia mi compañero y le espeto en la cara: “¿Te platiqué de que de niña, mi papá me pegaba?”. Silencio. Caras sorprendidas. “Y eso ¿qué?” –me dice el otro- “¡Ayy! –le contesto- pues es que no se me ocurrió otra cosa para cortar la edificante platiquita que se aventaron tú y el amigo ese...” No hay nada como usar la experiencia cinematográfica para cortar de tajo con situaciones bochornosas... Les propongo temas políticamente correctos para las colas en cines, bancos o ferias:

· El tráfico y lo difícil que fue encontrar estacionamiento,
· Soltar toda la agenda del día siguiente;
· La última dieta que nos recomendó la tía Trini;
· La esterilización de nuestro perro o gato;
· Pasarse una receta buenísima de pollo al cazo

Con eso tienen para entretenerse sin caer en temas excéntricos y bochornosos.



*Dicho jalisciense de la época cristera que hace alusión a los cristeros colgados en los postes telegráficos a lo largo de la vía del tren

miércoles, 16 de diciembre de 2009

Algunas tradiciones navideñas que cambiaría....

Al fin de vacaciones y asistiendo a algunas festividades navideñas, he observado algunas aberraciones características de las tradiciones navideñas y que no puedo evitar mencionar a manera de advertencia y que si fuera posible, las evitaría:

Las “preposadas”: eso no existe, todo buen cristiano que se precie sabe que las posadas comienzan el 16 de diciembre y que éstas duran 9 días culminando el día de Nochebuena, que es cuando los cansados peregrinos llegan para instalarse en su portal. Eso de las preposadas es como el dichoso “precopeo” que nomás sirve para entonarse de manera gratuita...

Pedir posada: esta bella tradición -con la cual estoy totalmente de acuerdo- tiene sus asegunes... el peor y más riesgoso es andar danzando con una velita minúscula entre el índice y el pulgar, una luz de bengala en la mano izquierda y la letra del canto tradicional –que a estas alturas ya todo mundo se debería saber, pero que pasa como el Himno Nacional, que todo mundo se sabe el primer verso y el estribillo y ya- anclado en el dedo anular y el meñique de la mano derecha... normalmente uno se quema los dedos, le quemas el pelo al de adelante y te queman los de atrás.... los cantantes, se entiende;

Los intercambios de regalos: se supone que esta práctica tradición nace de la iniciativa de algún codo de la oficina que decidió que no podía ser dadivoso con todo mundo, así que para quedar bien y poco gastado, organiza los papelitos y los reparte entre todos, quiérase o no entrarle al evento institucional. Durante diez días tiene una que dejar “regalitos misteriosos” en el escritorio del “amigo secreto”, los cuales consisten en unas papas fritas, un chocolate cremoso de coco o una paleta con centro de chicle y emotivos mensajitos tales como: “felicidades”, “Te quiero mil”; “XoXoXo” (que según entiendo, son besos y abrazos). Posterior a esto, se organiza reunión en casa de algún entusiasta. La cuota se fija entre los cien y doscientos pesos, pero nunca falta el que compra el presente amistoso en “Tocho de a Cinco” y lleva de regalo un espejito-peine-labial o un porta celular de peluche o un juego de damas y palillos chinos, los cuales son bienvenidos por el receptor para jugar al vudú con el obsequiante –en sus más dulces sueños-;

El beso al Niño Dios: Se acuesta al Niño en un lecho de colaciones –de esas de rajita de naranja en el centro y que saben a puro azúcar rancio- y luego de emotiva sesión de oraciones y canciones de cuna, se rola a la criatura para que todos presenten sus respetos mediante un “besito”, lo cual le da a uno el derecho de tomar de la charola un puño de colaciones. De más está decir que al último de la fila le llega el Niño todo besuquiado y la merma de la colación. Yo siempre me fijo en dónde lo besan... no vaya a ser que me dé la influenza...

La piñata de cartón: Sí, lo sé, las piñatas con alma de jarro son muy caras, pero no hay nada como romper el cántaro y lanzarse sobre el lecho de tepalcates y dulces... que sienta el cuerpo lo que recibe, que finalmente el rollo debe ser catártico y que invite al desfogue....

Las canciones tradicionales: En mis no muy lejanos años de tierna infancia, al romper la piñata se cantaba la clásica canción de “Dale, dale, dale, no pierdas el tino, porque si lo pierdes, pierdes el camino...” y se completaba con el “Ándale Juana no te dilates con la canasta de los cacahuates”. Ahora se canta una versión que habla de un “Conejo Blas” que seguro tiene una cara horrible porque amenazan con tener la cara de él...

Por lo pronto, les deseo felices fiestas y un año de lo mejor....

sábado, 28 de noviembre de 2009

Bloopers de la vida o de cómo vivir sin sentir que estás en una película de Harold Lloyd

Para los amables lectores que no sepan quién fue Harold Lloyd, les ilustro: actor estadounidense que en la década de los veinte que junto con Chaplin y Buster Keaton fueron los cómicos más representativos del cine mudo, claro, sin olvidar al “Gordo y el Flaco”. Hecha la ilustración, procedo a explicar este largo y angustioso título.

¿Alguna vez has sentido que durante el día nada sale bien? ¿Que caminas dando traspiés? ¿Que el pelo no se te acomoda como tú quieres? ¿Que no encuentras nada que ponerte? La vida, está llena de bloopers –yo los traduciría como recordatorios de nuestra frágil humanidad- que bien se pueden considerar dignos de aparecer en cualquier película cómica.
Mencionaré algunos de los más comunes:
1. Cualquier caída en variadas modalidades: resbalón, por las escaleras, perder el equilibrio, que un perro te tumbe;
2. Una muy fea: cuando estamos hablando muy mal de alguien –no finjan que yo los he visto- y el susodicho está atrás de nosotros;
3. Cuando de pequeños nos hicimos pipí recitando la poesía de “Porqué me quité del vicio”;
4. Que el hombre –o mujer- de nuestros sueños aparezca en nuestra casa a las 9 am para invitarnos a desayunar y salgamos con la lagaña atorada, oliendo a borra de colchón y con los “patitos” marcados en la mejilla;
5. Pegarse en un poste, ventana o pared por ir bobeando en la calle;
6. Pisar caca de perro, aunque dicen que esto es de buena suerte;
7. Perder el paso en el bailable del colegio;
8. No saber qué decir frente a un público de 350 personas;
9. Rotura de pantalón, ida de media nylon;
10. Que cuando sales de nadar –con tu pose más sexy, claro- una ola te arranque el bañador.


Como estas, miles. Miedo total al ridículo. Perder piso. ¿Qué hacer para salir airoso de tales situaciones? Reír mucho y de nosotros, o llorar, que pa’l caso, es lo mismo. Una amiga mía me decía que cuando uno supera la vergonzosa situación de despachar una flatulencia frente a la persona amada, todo lo demás es coser y cantar. Y creo que tiene razón. El miedo al ridículo nos paraliza, muchas veces no nos deja movernos, pero podemos reflexionar sobre este hecho, preguntarnos qué es lo peor que nos puede pasar si hacemos o dejamos de hacer algo. Y siempre se puede superar; siempre los que nos rodean nos perdonan, se ríen de nosotros o con nosotros pero no más. Cuando tengamos un día digno de película cómica, reír y pensar en nuestra frágil humanidad, que como dijo el poeta: “somos polvo de estrellas”.

sábado, 14 de noviembre de 2009

La Tensora

Ustedes dirán ¿Qué es eso de la tensora? ¿Acaso será una llave de lucha libre? ¿Una señora en estado de alto estrés? Me explico.
Ya he platicado en entregas pasadas lo que las mujeres somos capaces de hacer por conservar la belleza y las carnes en su sitio. Pues hace poco y en aras de seguir en la línea juvenil, tuve una experiencia que yo calificaría de espeluznante si no hubiera sido por los resultados obtenidos. Mi amiga M, una de las principales fuentes de inspiración para mí, ahora se dedica a la cosmetología de tercer nivel. Llegué a su casa y me dijo: “Ven, que te dejo de veinte años. Te voy a aplicar la tensora”. Yo dije: “¡Ahora sí, ya me cargó el chamuco! ¿Qué será eso? Me recosté en blanco diván y ella comenzó a aplicarme con un pincelito en forma de abanico una mezcla con cierto olor a cacahuate. Se siente rico, un masajito en la cara siempre es relajante. Me dijo: “Te tienes que quedar así 20 minutos, no frunzas el ceño, ni te rías –empresa harto difícil para mí-, ni hagas las muecas que sueles”. Ok –dije yo- creo que lo puedo hacer.

Al principio, todo marchó bien, hasta que la mascarilla comenzó a secarse. Sentí un leve estiramiento que pronto se convirtió en un verdadero jaloneo facial. La megambrea esa comenzó a petrificarse y yo nomás pujaba, haciendo señas a mi amiga, quien brincaba de un lado a otro contestando el teléfono con una mano y mandando correos electrónicos con la otra.

Me dije: “Ya sé por qué huele a cacahuate, seguro con esta pasta hacen los garapiñados”. La máscara comenzó a aferrarse a mis cachetes y yo sentía que me empezaba a fruncir todita. Una garra monstruosa se aferraba a mi cara mientras pensaba que esa sensación sólo la podía sentir alguien que ha sido embalsamado en vida.

Después de los veinte minutos más largos de mi vida, me levanté para avisarle a mi amiga mediante los consabidos pujidos que estaba lista para ver resultados. Ella, encantadora como siempre, me indicó que me fuera a lavar al baño. Cuando prendí la luz y me vi, gemí aterrorizada. Lo que el espejo del botiquín me devolvió fue la verdadera imagen de mi lado oscuro: no tenía cejas, los parpados se había plegado sobre sí mismos y un ojo me quedó cerrado, mientras que el otro permanecía abierto y lloroso por la falta de parpadeo. Los pómulos, que siempre han permanecido ocultos entre mis dos sonrosadas mejillas, se exaltaron de tal manera que formaron dos montañas garapiñadas y puntiagudas, mientras que mi labio superior apuntaba al este y el inferior al norte formando un rictus digno de personaje de película de miedo. Comencé a lavarle desesperada por desaparecer semejante máscara. Después de cuatro litros de agua caliente, por fin cayó toda la plasta, dejando ver mi rostro original, que en definitiva sufrió un cambio notable. El cutis, suavecito, las arrugas de la frente, lisitas, lisitas. El ceño ya no estaba dividido por los dos surcos, producto de fruncirlo durante décadas. Valió la pena el sacrificio. Si están dispuestas a sentir lo que una fruta cristalizada sufre, recomiendo ampliamente a la “Tensora”. Nomás me dicen y las pongo en contacto con M.

Nota: esta inserción no fue pagada por mi amiga, es cortesía de la casa.

domingo, 25 de octubre de 2009

Manuales de uso

Hace poco compré un nuevo teléfono móvil. He de confesar que iba con miedo. No al teléfono, no a lo caros que están los condenados aparatos esos... le tengo miedo al librito que acompaña a cuanto electrodoméstico, minicomponente, librero de melanina ponderosa o computador que se precie de calidad y prestigio, pueda yo adquirir. Normalmente vienen en una pequeña bolsa de plástico, ya sea solos o acompañados de una o dos pijas de repuesto, o varios alambritos de los cuales tengo una colección que envidiaría cualquier ferretería. Normalmente, el “manual del usuario” viene en dieciséis idiomas, entre ellos el árabe, el Wu y el bengalí. Si el manual es de los que se desdobla, sucede lo mismo que con los mapas: jamás vuelven a quedar igual. Ve una el índice y se dice para sus adentros: “¡Ah, qué bien! Trae desde cómo encender el aparatejo en la página 10”. Pero resulta que en la página diez también vienen las instrucciones generales, los códigos de acceso, cómo recargar el aparato, qué hacer en caso de incendio y los servicios de red. Cuando una se remite a la mencionada página nos damos cuenta de que escuetamente nos dice: “para cualquier información acerca de los servicios de mantenimiento, consulte a su proveedor de servicios más cercano”. Otra cosa que me encanta de los instructivos de uso, son los esquemas en donde le señalan a una todas las teclas y conectores que puede traer nuestra nueva adquisición. Le indican a uno: “Para encender o apagar el aparato, mantenga pulsada la tecla encender/apagar”. Busca una en el diagrama cuál es la tecla y no viene, o viene como tecla “finalizar”. Que me perdonen, pero no soy intuitiva para estos aparatos del demonio. Hace poco, compré también una lavadora. La instalé y cuando la estrené, la condenada se puso a bailar una mezcla de rumba flamenca con mambo... se fue caminando hasta la puerta y yo sin saber qué demonios tenía hasta que alguien me dijo: “¿le quitaste los flejes que trae de fábrica?”. Al ver mi cara de interrogación, metió las manos atrás de la tina y cortó unos alambres que yo ni sabía que existían... Ahora extraño mi lavadora rumbera, que es la única que quería bailar conmigo...

martes, 13 de octubre de 2009

Recetas y secretos para hacerse amar

Hace algún tiempo, descubrí en el mercado de mi ciudad los puestos de herbolaria, en donde venden todo tipo de plantas y hierbas medicinales. No me ocuparé de las que curan la solitaria o el hígado deprimido. En esta ocasión tocaré el delicado pero no menos candente tema del “mal de amores”. Sin ahondar en el tema del sincretismo religioso para no herir a las buenas conciencias ni lastimar la fe, diré que muchos de estos productos contienen una fusión entre la religión católica, budista o incluso, la santería –por mencionar algunas- y el pensamiento mágico (Qué religión no lo es). Pregunto: ¿Quién no ha caído en la desesperación, ha sido víctima del abandono por parte del objeto amado o ha deseado poseer al otro, hasta enloquecerlo? En estos maravillosos lugares, llenos de etiquetas de diseño popular, agüitas de colores, esqueletos de animales y hierbas olorosas, podrán ustedes encontrar toda clase de polvos, aerosoles, cremas, resinas, perfumes, jabones y ungüentos, cada uno con su respectiva oración o conjuro, los cuales cumplirán sus expectativas amorosas, o de otro tipo; sólo es cosa de seguir las instrucciones al pie de la letra.

Se pueden encomendar, por ejemplo, al “Ánima Sola de Juan Minero”

Se pide permiso a la Divina Providencia, se rezan tres credos y en seguida se dice la siguiente oración....

En el nombre de Dios Padre Todopoderoso... Anima Sola de JUAN MINERO, por razón cierta y las horas que están dando, te pido que me metas en el corazón de ______, Santo Ángel de la guarda de ______ tranquilidad no le des hasta que mi lado este. Santo, Oh Santo de mi devoción, que me tome mucho cariño e ilusión. San Salvador de Orta, que se contente conmigo es lo que importa. Anima de Juanito Minero que me lleve siempre en el corazón y en su pensamiento, que acepte que lo quiero. Santa Inés Del Monte Perdido, devuélveme el cariño de el que se ha ido. Espíritu, Cuerpo y Alma de ______, que su amor, su cariño, su fortuna, sus caricias y sus besos, todo él sea nomas para mí. Cuerpo y Alma de ______ no has de ir a ver a ninguna mujer más que a mí.
¡En el Nombre de Dios Padre Todopoderoso, por la sombra de la noche y la luz del día, te pido que los malos espíritus se retiren, mi suerte cambie y lo que yo desee se me conceda! ¡Si estuviese en la casa de otra persona, mi voz llegue a sus oídos a perturbarlo! No me lo dejes tener sosiego ni tranquilidad, ni con amigos, ni con otra mujer, ni paseando, comiendo, trabajando y de ningún modo, que este venga a mí como vino el Señor Jesucristo al mundo, Amén.

Oración a la Santa Mota: esta oración tiene que rezarse a San Nicasio, Santo Mártir, que soportó suplicios innombrables, pero no una mota en el ojo: “Yo te imploro ¡Oh Mota! Que por el Dios viviente desaparezcas del ojo de (decir el nombre del afectado) tanto si es negra, roja o blanca. Cristo puede hacerte desaparecer. Amén”.

Y si lo que necesitan es algo de amor, la “Divina Chuparrosa” no falla:

Oración de la Chuparrosa: para que el amado regrese o para que no se vaya. (Ahí depende)"¡Oh chuparrosa divina tú que das y quitas el néctar de las flores! Tú que das vida e inculcas a la MUJER el amor. Yo me acojo a ti como la pecadora This, a tus poderosos fluidos para que me protejas y me des las facultades de poseer y gozar a cuanta MUJER yo quiera, ya sea doncella, casada, o viuda, pues te juro por todos los espíritus de los Apóstoles no dejar ni un solo momento de adorarte y conservarte en tu relicario santo, para que concedas lo que te pido, mi chuparrosa hermosa".Instrucciones: Esta oración se reza de rodillas ante la imagen de un crucifijo, sosteniendo una VELA encendida de cera legítima. Se rezan tres Padre Nuestros y tres Ave Marías.
NOTA: CUANDO DICE MUJER SER PONE EL NOMBRE DEL HOMBRE O FULANO DE TAL O FULANA

Si tienen casos especiales o pedimentos específicos, me dicen y les mando la oración respectiva a vuelta de correo.

jueves, 1 de octubre de 2009

El remedio y el trapito

Hace varios lustros, a mi padre le dio por comprar revistas antiguas, muy antiguas. Llámanse “El Mundo Ilustrado”. Cuando llegaron a mis manos, tendría yo la friolera de 12 años y en ese tiempo, el asombro que me provocó ver cómo las personas que vivieron –o intentaron vivir invadidas por tamañas pandemias- no tuvo límites. Le pregunté a mi papá qué era el “Coqueluche”, la “sangre empobrecida”, los “dolores de cintura” las “salientes huesosas”, “neurastenia” y demás enfermedades muy difíciles de describir. Mi padre, que siempre quiso ser médico y que volcó sus ansias curativas en cuanto raspón, gripe, dolor de panza y descalabro sufrieran sus hijos, me contestó de manera docta y seria: -El coqueluche, hija mía, es lo que ahora conocemos como tosferina y comienza con una sensación de garrotillo en la garganta que va creciendo a medida que la enfermedad evoluciona...- De más está decir que no me atreví a preguntar sobre las “salientes huesosas” so pena de soñar en la noche “cosas feas” y hacerme pipí en la cama. A mi padre le fascina platicar sobre enfermedades y sus posibles curas, pero las de sus tiempos. Así, me enteré con franco terror de la existencia de las cataplasmas de tomate caliente en las plantas de los pies para curar las anginas; de las ventosas que se aplicaban normalmente en la espalda y consistían en unos vasos chaparritos y anchos a los que se les embarraba de alcohol en el interior, se le prendía fuego y al evaporarse la mencionada sustancia se colocaba el vaso boca abajo sobre la parte afectada del enfermito, lo que provocaba un vacío que alzaba la piel, excelente remedio contra dolores y contracturas musculares. Si la persona sobrevivía a esta terapia, salía como nueva a trabajar, pero con quemaduras de tercer grado... El vaso de agua en la cabeza, para curar la insolación... dicen que te “hervía la cabeza” y se salía todo el calor acumulado en el cuerpo...Para la tos, un té de orégano, flor de bugambilia morada y cebolla endulzado con miel de abeja. Se te quitaba la tos, pero te quedaba un “miserere” (léase: diarrea) que sólo se podía quitar con agua de limón revuelta con bicarbonato... total, que los dichosos remedios lo único que hacían era provocar otros daños, de lo más perniciosos y hasta peores que el original. Pero todos funcionaban. A continuación les pongo un extracto de las enfermedades y los medicamentos o productos de belleza que se utilizaban hace más de cien años:

¿Dolores menstruales? ¿Es usted una mujer sobreexcitada? Use el compuesto vegetal de Lidya E. Pinkham, Hierro Nuxado o Fandorine;
Reconstituyente o depurativo de la sangre: TANLAC que la pone a usted en un estado favorable;
¿Salientes huesosas en el rostro? Use “Vitamón de Mastín” que otorga lozanía de carnes a su cutis;
¿Desea embellecer su rostro o “voluptosear” sus carnes? Nada como “Crema Siren Rosa”;
¿Humillada por vellos desfigurantes? “Real extirpador de vellos Siren” es la solución;
Para la hermosura y desarrollo del busto: Pilules orientales
Los niños lloran por que les den (o les daban): “Castorena Fletcher”, Emulsión de Scott, Somatose. Todos estos productos elíxires y fortificantes reconstituyentes;
¿Lombrices o solitaria? Vermifugo, tiro seguro del Dr. Peery;
Neuralgia o renovación cerebral: Nucleodyne, Bromural;
Anemia, neurastenia o impotencia: Virilina, tónico reconstituyente para el agotamiento nervioso genital.
“Piojina” que como su nombre indicaba, sirve para matar piojos:
Vigor sexual: píldoras tonisexuales “Zenco”;
Bronquitis, anemia, neurastenia, raquitismo, escrófula, lactancia, debilidad y tuberculosis: todo esto y más curaba el “Tricalcine reconstituyente”....

Podría seguir, pero sólo me resta citar a mi padre que a la fecha afirma: ¡No, si estas medicinas están como la “Pomada del Gallo” que quita el cayo y también el pie”!... Desconfiad de las imitaciones.

miércoles, 16 de septiembre de 2009

¡Tantos años de marquesa...!

En mi infinita curiosidad, como ya les he platicado, me dio por comprar libros con instrucciones y procedimientos sobre el lenguaje amoroso. Directo del libro “Cartas amorosas” perteneciente a la biblioteca del amor, les publico el lenguaje del abanico, bella costumbre ya perdida:

Abanicarse rápidamente. Te amo con intensidad.
Abanicarse lentamente. Abanicarse de forma pausada significa soy una señora casada y me eres indiferente. También si se abre y cierra muy despacio.

Cerrar despacio. Este cierre significa un "Sí". Si se abre y cierra rápidamente significa "Cuidado, estoy comprometida".

Cerrar rápido. Cerrarlo de forma rápida y airada significa un "No".

Dejar caer el abanico significa: te pertenezco.

Levantar los cabellos. Si levanta los cabellos o se mueve el flequillo con el abanico significa que piensa en ti, que no te olvida.

Contar varillas. Si cuenta las varillas del abanico o pasa los dedos por ellas quiere decir que quiere hablar con nosotros.

Cubrirse del sol. Significa que eres feo, que no la gustas.

Apoyarlo sobre la mejilla. Si es sobre la mejilla derecha significa "Si". Sobre la mejilla izquierda es "No".

Prestar el abanico. Si presta el abanico a su acompañante, malos presagios.

Si se lo da a su madre, quiere decir "Te despido, se acabó".

Dar un golpe. Un golpe con el abanico sobre un objeto, significa impaciencia.

Sujetar con las dos manos. Si sujeta el abanico abierto con las dos manos, significa "es mejor que me olvides".

Cubrirse los ojos. Con el abanico abierto, significa "Te quiero".

Si se cubre el rostro puede significar "Cuidado, nos vigilan.

Pasarlo por los ojos. Si se pasa el abanico por los ojos significa, Lo siento.

Si cierra el abanico tocándose los ojos quiere decir, "Cuando te puedo ver".

Abrir el abanico y mostrarlo. Significa, "Puedes esperarme".

Cubrirse la cara. Cubrirse la cara con el abanico abierto, significa: Sígueme cuando me vaya. A medio abrir. Apoyar el abanico a medio abrir sobre los labios quiere decir "Puede besarme".

Apoyar los labios. Si apoya los labios sobre el abanico o sus padrones, significa desconfianza, "No me fío".
Pasarlo por la mejilla. Significa, "Soy casada".

Deslizarlo sobre los ojos. Significa: "Vete, por favor". Mano izquierda. Llevarlo en la mano izquierda quiere decir: "Deseo conocerte". Moverlo con la mano izquierda significa: "Nos observan".

Mano derecha. Llevarlo o moverlo con la mano derecha, significa: "Amo a otro".

Pasarlo de una mano a otra. Significa, "Estás flirteando con otra" o "Eres un atrevido".

Girarlo con la mano derecha. Significa: "No me gustas".

Tocar la palma de la mano quiere decir: "Estoy pensando si te quiero". Sobre el corazón. Apoyar el abanico abierto sobre el corazón o el pecho, quiere decir: "Te amo" o "Sufro por tu amor".

Darse en la mano izquierda. Darse un golpe con el abanico cerrado en la mano izquierda significa "Ámame".

Mirar dibujos. Mirar los dibujos del abanico, quiere decir: "Me gustas mucho".

Bajarlo a la altura del pecho. Significa: "Podemos ser amigos". También dejarlo colgado, quiere decir "Seremos amigos".

Cerrarlo sobre la mano izquierda. Quiere decir: "Me casaré contigo".

Saldré se indica poniendo el abanico sobre el balcón.También entrar en el salón abanicándose.

No saldré. Dejar el abanico cerrado en el balcón, salir al balcón con el abanico cerrado, o entrar en el salón con el abanico cerrado.

Arrojar el abanico. Quiere decir: "Te odio" o "Adiós, se acabó".

Presentarlo cerrado. Significa: "¿Me quieres?".

Sobre la oreja izquierda, "Déjame en paz no quiero saber nada de ti". La derecha, "No reveles nuestro secreto".

Contar o abrir cierto número de varillas. La hora para quedar en una cita, en función del número de varillas abiertas o "tocadas".

Este texto me hace imaginar muchas situaciones preocupantes: imaginen si los hombres en su cotidiana distracción se aprendieron todo esto para interpretar los deseos de la dama; imaginen al hombre viendo a la señorita objeto de sus deseos contando las varillas para ver a qué hora la puede ver. ¿Cómo especifican qué día? ¿De qué mes? Si el caballero no es observador, se puede confundir entre la oreja izquierda o derecha, y bien puede fingir demencia a la hora de ver la aceptación de matrimonio. O confundir un golpe con un cerramiento abrupto del ventilador manual en cuestión. En fin, que antes se lograron, ¡caray!


Esta nota se la dedico a mi querido amigo RC, amante de procedimientos amatorios, fórmulas mágicas y creador de un excelente "Grimorio".

lunes, 7 de septiembre de 2009

Oraciones para toda ocasión

Hace un tiempo, mi madre y yo asistimos a un funeral. Cuando una va a esta clase de eventos, nunca se está preparada para lo que se verá, además del difuntito en su caja. El fallecido vivió casi toda su vida en un pueblecillo de J. por lo que los asistentes eran oriundos de aquél lugar se dejaron venir en tropel. Cuando entramos a l velatorio, estaban por terminar un rosario. De pronto, una viejecilla con voz tipluda y cascada por los años, comenzó a recitar una oración, que por su contenido nos asombró y sobre todo, nos intrigó. Durante años estuvimos buscando la dichosa oración, porque poca gente la conocía, pero aquí se las pongo para que la lean:

LAS DOCE VERDADES DEL MUNDO. Que son base firme de nuestra santa religión

Los doce apóstoles
Las once mil vírgenes (¡¿?!)
Los diez mandamientos
Los nueve meses
Las ocho angustias (yo nomás conozco los siete dolores, pero esto rebasa mi cultura religiosa)
Las siete palabras
Los seis candelabros
Las cinco llagas
Los cuatro santos evangelios
Las tres divinas personas
Las dos tablas de Moisés
Y la Santa casa de Jerusalén, donde Jesucristo vive y reina por siempre jamás; me ayuden y me protejan. Amén.

Les pongo otra, que estoy segura data del tiempo de la Colonia:

Padre, Señor del Saucito
Cristo Santo y Milagros,
Líbranos de todo mal,
De robo en camino real,
De pleitos y heridas mortales,
Y de bravos animales en montes, cerros y llanos,
Por las llagas de tus manos
Y tus ojos sacrosantos,
Tú me librarás de espantos,
En los fuertes aguaceros
De brujas y de hechiceros;
De rayos y torbellinos,
Y de los malos vecinos que intenten hacerme mal,
La peste aleja de mí
Pues aunque ya te ofendí
Por la llaga del costado,
Haz que no me muera en pecado,
Por las llagas que aquél clavo,
Hizo de tus sagrados pies,
Tu santo auxilio me des;
Por tu Santísima Cruz,
Mi dulcísimo Jesús,
Por tu sagrada corona
Haz que en la última hora,
Cuando a juicio sea llamado,
Reciba ya confesado,
La Sagrada comunión,
Dame tu bendición,
Padre Señor del Saucito,
Y en mi vida temporal,
Auxiliame de tal suerte,
Que al fin consiga ir a verte
A la patria celestial.

Las voy a rezar todos los días junto con el angelito de la guarda, seguro por ahí andan brujas y alimañas como queriendo pelear.

sábado, 22 de agosto de 2009

Fotografiando angelitos

Una de las costumbres más intrigantes que veía en mis antepasados, era la de tomar fotos de niños muertos. Casi todas las señoras de antes, se dedicaban a las labores del hogar y a tener chiquillos como conejas. De entre los diez y veinte embarazos, de ocho a diez se lograban, aunque las familias de más de diez miembros eran muy comunes. Como no había penicilina ni otros antibióticos, los niños se morían de enfermedades que ahora se curan fácilmente. Mi madre tuvo dos hermanos que murieron de difteria: en esa época se tenía la necrófila costumbre de fotografiar a los niños muertos vestidos de angelitos o de algún santo de la devoción familiar. Los más comunes eran los arcángeles, San José o la Virgen. Me acuerdo que mi madre me enseñaba las fotos y a mi me impresionaba sobremanera ver a esos pequeños niños, con los ojos semicerrados y la boquita entreabierta. Se me hacía hasta morbosa esa costumbre. Algunas personas acostumbraban tomar la foto con todo y la mamá. Existen algunas que son verdaderamente sobrecogedoras, y no sabes si la madre es la fallecida o el niño en cuestión. Nomás el niño partía a rumbo celestial, y era hablarle al fotógrafo, que llegaba con toda la parafernalia que ameritaba el caso y su cámara. Se preparaba la escenografía, casi siempre llena de flores alrededor del niño o en una toma familiar, con el niño en medio de todos. Me acabo de enterar en mis búsquedas sobre el tema, que ahora existe una asociación gringa que se llama “Now I Lay Me Down to Sleep” la cual ofrece los servicios de fotógrafos voluntarios para realizar fotos a bebés nonatos desde las 25 semanas de gestación, o a niños fallecidos, para que sus papás tengan un recuerdo gráfico de su corta existencia. Costumbre que a mi juicio me parece muy difícil y dura, pero muy respetable. Les pongo un enlace de Youtube para que conozcan más del tema. Y dispensen la necrofilia.

http://www.youtube.com/watch?v=th17Rc4iA14

domingo, 9 de agosto de 2009

Los encarguitos

Ahora que termina la temporada vacacional viene a cuento este tema porque ¡cómo se les ofrece! O lo que es peor que “pior”: andamos de ofrecidos. Resulta que hace unos días tuve la atinada oportunidad de viajar a conocida capital de lejana república... Lo que no fue tan atinado de mi parte, fue decir que iba. Como cascada, comenzaron a llegar mensajitos, llamadas telefónicas y notificaciones en el “feis” para hacerme encarguitos de diversa índole. Son increíbles las cosas que se nos ofrece que nos compren o les compremos. Además, la manera de pedir las cosas es lo que nos mata: “si te queda de pasadita” (¿A dónde me pregunto yo?); “Si no te causa mucha molestia” (¿?); “Es que fíjate que ya lo probé y es lo único que me funciona”. Y nomás llegamos a nuestro destino y el pensamiento lógico nos dice que “primero voy a comprar todos los encarguitos y luego ya me dedico a lo mío”. Si como no. Pasamos cuatro de los cinco días de nuestras vacaciones peinando cuanto centro comercial, librería de viejo y tienditas en donde supuestamente se vio por última vez el producto, tratando de encontrar algo que a veces, sólo existe en la imaginación de nuestro encargante. ¡Ah! Y un detalle básico: no nos dan dinero para traerlo, porque “luego que llegues, te lo pago” (¡#*/%&!#).

A continuación, enlisto los objetos encargados que a mi juicio son los más llamativos por su exotismo, y procedo a dar algunos consejillos para evitar a toda costa venir cargando con maletas “extra”:

Fábrica de algodones de azúcar
El “Sonic Blade” (No pregunten, yo tampoco sé qué es a la fecha)
Un libro sobre el tratamiento del ocote en instrumentos de viento
Dos pomos de tratamiento con “chocolaterapia”
Una pomada para las encías hinchadas
Un Matka (¿Partida en dos por tu cicatriz de cesárea?)
Una cuerda para Balalaika (El corazón tiene razones que la razón desconoce. ¿Por qué me encargan esto a mí?)

Consejos para evitar encargos:
1.El básico: nunca digas que saldrás de vacaciones, simplemente desaparece;
2.Si es inevitable comentar nuestra salida, ya sea por presunción o para que no se apuren por nosotros, advertir que nos vamos a Europa, pero a un convento cisterciense, en donde no podremos salir de compras porque vamos a eso, a una terapia de “desapego material”;
3. Apuntar con sumo interés todos los encarguitos, preguntar incluso dónde lo venden: regresando decir que “olvidamos la lista”;
4.Pedir el dinero por adelantado en Euros e incluir tarifa por exceso de equipaje. Éste es el que menos falla.
5.Sugerir sitios de compras por medio de la red: todo se puede comprar por e-bay, Amazon, Mercado Libre y similares.

Para que luego no se expongan a la frase letal: “Ay, pues éste no era, pero gracias de todos modos”.

Esta nota se la dedico a mi amiga M que es fuente de gran inspiración para mí (aclaro que ella tiene la prudencia de no encargarme nada).

sábado, 1 de agosto de 2009

Imprudencias masculinas I

Una de las quejas más asiduas que escucho de mis congéneres féminas es la sarta de imprudencias cometidas por el género masculino cuando de reuniones se trata. Pondré en evidencia dos de ellas, con su posible solución, con la esperanza de que mis lectores masculinos caigan en conciencia y las femeninas puedan imprimir esta versión para que se la dejen a la pareja discretamente en el buró de su recámara... a ver si así:

Situación 1: 7 pm. Reunión de amigas, tías o sobrinas. Sala de la casa. Café y pastel. Plática sabrosa. Llega el marido de la anfitriona y saluda amablemente. Todas voltean a verlo con cortesía y emiten el “buenas tardes” de rigor. Él –visiblemente emocionado por la recepción, y en un alarde de masculinidad- se instala en la única silla disponible y avienta la siguiente pregunta al aire: “Y, ¿Cómo han estado?”. Silencio sepulcral. Nadie se anima a contestar, porque TODAS SABEN LO QUE PASARÁ. El hombre no se moverá de su asiento ni con grúa. El problema es que siempre hay un “alma caritativa” entre nuestras invitadas que gustosa responde a tan trascendental pregunta porque “¡pobrecito!”. Error. La solución es continuar la plática con un: “...como te iba diciendo Perengana, la puntada de macramé que me pasaron es facilísima, sólo tienes que anudar 5 veces de ida y 5 de vuelta... pasar el lazo por debajo del nudo superior y atarlo al punto de inicio....”. No falla, después de cinco minutos de oírlas hablar sobre los sobresaltos del macramé, el hombre se retirará discretamente con un: “Bueno, las dejo, para que hablen de sus cosas....”. Jamás se les ocurra hablar de enfermedades. Seguro tienen al hombre instalado hasta el anochecer.

Situación 2: Recibidor de la casa. Mujer al teléfono. Plática sabrosa con una amiga. Llevará... ¿Treinta minutos al teléfono? El marido o pareja se para frente a ti, con mirada asesina y te pregunta con señas o moviendo la boca: “¿Con quién hablas tanto?”. Esto te distrae y pierdes el hilo de la plática. Le dices a tu amiga que te permita tantito. Tu le contestas enojada: “¿Qué quieres?”. “Nomás saber con quién hablas”. Esto desquicia a cualquiera... ¿Para qué o por qué quieren “saber”? ¿Tendrán algún recado urgente que darle a nuestra interlocutora? ¿Nos conocen algo y desconfían? Nada causa mayor placer a una fémina que ponerse al día sobre la vida de alguna amiga, quejarse con ella de lo que sea o simplemente comentar el suceso de la semana. Lo sé, es plática ociosa pero es un goce hacerlo. Para este caso parece no haber solución... la hay. Procedan a colgar el auricular no sin antes informarle a nuestra interlocutora que tenemos a un hombre en estado contemplativo frente a nosotras y que la llamamos después. El hombre se pondrá hecho un basilisco porque lo “ventaneamos”, pero a las diez veces del suceso, no se volverá a parar frente a nosotras mientras nos “comunicamos”.

Si desean vengarse de manera sutil aquí les pongo un tip: en la próxima carne asada a la que asistan diríjanse al asador e instálense ahí durante unas dos horas: no hay nada que desquicie más a los hombres que una fémina invadiendo terrenos “masculinos” cuando realizan el cavernícola ritual de asar carne. Y luego dicen que la venganza es un plato que se come frío; por lo menos así, las despacharán rápido.

Ilustración: Luciana Carossia