jueves, 30 de abril de 2009

El amor en los tiempos de “Influencia”

Bueno, pues como ahora tengo vacaciones obligadas, o como dice un amigo: todos los días serán domingo durante la próxima semana, he aquí mis comentarios, no sin una chispa de humor negro, como suelo, ustedes disculpen...

1. Los potosinos, dificilitos de por sí para saludar, ahora andamos peor: con tapabocas y lente oscuro ni quien nos haga el menor caso... eso si salen, claro;
2. La creatividad a flor de piel: tapabocas en presentaciones fashion o retro... buena idea para los diseñadores que no tienen que hacer;
3. Se nos vienen horas de eterna diversión en las comunidades virtuales: si no tienes “Face”, estás “out”. Sugerencia: hacer los dos millones de test tontos de ese lugar les auguran pérdida de tiempo total, chance y maten alguna neurona y ni cuenta se den de lo que sucede;
4.Dice mi hermana que para cualquier duda sobre la epidemia, le pregunten, que ya sabe más que los médicos... y quien no, me han llegado 34287 correos con información desinformante que lo único que hacen es dejarme patidifusa...
5. Me escribe una madre desesperada preguntándome que qué puede hacer con sus dos “encantitos” de aquí al día 11 de mayo pues ya agotó su imaginación: ya armaron rompecabezas, cantaron, leyeron cuentos de miedo, jugaron X-Box y se acabaron todos los niveles; hicieron obras de teatro, armaron casitas con sábanas, jugaron a la comidita y rescataron juegos de antaño como el brincapie: querida, mi sugerencia es que dopen a sus niños o en el peor de los casos, amarrarlos con una cuerda elástica definiendo un perímetro para que no se salgan a la calle o les dé por jugar a “Superman”;
6. Libros recomendados: “El amor en los tiempos del Cólera” y “Un día de Cólera” de Pérez Reverte... nomás cambian de enfermedad;
7. Películas recomendadas: “Soy Leyenda” o cualquiera de invasiones zombies;
8. El transporte público ¡impecable! Ojalá siga así... pero no está de más cargar con gel antibacterial...
9. Tengo tos de fumadora... alergias mil... cuidadete y toso porque me ven refeo...
10. Sólo decirles que se cuiden mucho, que no se expongan y que no está de más extremar precauciones... No se maten por favor... En el fondo, no soy tan canalla....

domingo, 26 de abril de 2009

Quedar bien y poco gastada: los regalitos

No cabe duda de que me he vuelto cínica. Pero es que este tema además de delicado, sé que afectará las buenas intenciones de muchos de mis lectores. Me refiero a los “regalitos”. Hace poco, la amiga de una prima de otra amiga cumplió años. Ella no hace reunión especial, pero es tan querida por muchos que su cumpleaños dura aproximadamente quince días. Una amiga bien intencionada llego con un morralito muy mono que contenía lo siguiente: una liga; un dulce de esos que tienen una pasa incrustada y que siempre se me ha figurado una mosca; una moneda de bajísima denominación; un pañuelito blanco deshilachado y una bandita, mejor conocida como “curita” y las instrucciones precisas para saber qué hacer con todo esto: la liga para que recuerdes abrazar y unirte con todos tus semejantes; el dulce para recordarte compartir “dulzura” con los mencionados a donde quiera que vayas; el pañuelo para secar las lágrimas del prójimo; la bandita para curar los sentimientos lastimados, sean los tuyos o los de alguien más; la moneda, para recordarte que debes compartir las riquezas que dios te dio con el otro. La cumpleañera lo recibió con emoción, lo abrió con curiosidad y acto seguido se le vio clarito la helada sonrisa que le dedicó a la bien intencionada amiga. ¡Ayyyy a poco no está lindooooo! Dijo la pródiga amiga. Mil pensamientos cruzaron mi mente: con la liga hubiera hecho un proyectil y al grito de “¡Parque, liga o ligazo!” se lo hubiera dirigido directo a su maquillado ojo; rápidamente hubiera sacado el pañuelito para limpiar sus lagrimitas; le hubiera cubierto la herida con el curita y le hubiera dado el dulce como premio de consolación. Acto seguido, con la moneda hubiera echado un volado para ver si seguía de amiga de la interfecta o de plano la borraba de mi lista. Esto provocó una reflexión sobre la forma que tenemos muchos de obsequiar al otro. Dicen los japoneses que cuando uno regala algo, regala parte de su corazón. Por eso son tan delicados para envolver las cosas. Observar lo que le gusta al otro; anotar los comentarios del amigo, son reglas básicas para obsequiar un buen regalo; no tiene que ser nada costoso por supuesto, pero sí que comulgue con los gustos y estética del obsequiado. A veces imagino a la persona que en un viaje se toma la molestia de ver algo y decir: “esto le puede gustar a la Rima” y comprarlo y traerlo es ya un acto de amistad, agradecimiento o amor increíble para mí. Mucho he recibido, más de lo que merezco diría yo. Pero una cosa si tengo bien clara: haré costalitos para todos mis amigos y amigas en su próximo cumpleaños, así quedo bien y poco gastada. Ustedes dicen si me invitan.

jueves, 16 de abril de 2009

Antes muerta que sencilla: los salones de belleza

Toda belleza exige sacrificio. Recuerdo una vez que fui a un risueño pueblecillo de vacaciones con una amiga. Andábamos bobeando en el mercadillo del lugar y por supuesto que yo salí absolutamente fashion a dar la vuelta. Me topé con un hombre que comenzó a inquirirnos que por qué haciendo dios cosas tan hermosas, nos empeñábamos en maquillar “la obra del señor”. Ese hombre dantesco no me conoció a los doce años, con los dientes de fuera y el pelo al más puro estilo mafaldesco. Comencé a pensar en ayudarle al “señor” cumplidos los catorce años. Me hice de un kit que consistía en tenazas eléctricas para el pelo de tres diámetros diferentes, secadora para el pelo marca “Vidal Sasoon”, shampoo patrocinado por Farrah –tenía un olor tan penetrante que ni siquiera necesitaba mi perfume “Charlie”-; tubos eléctricos y por supuesto, la asesoría incondicional de una prima que a la fecha sale a comprar el super arrastrando la boa. Ella me proveyó de toda la parafernalia necesaria para maquillar mi núbil rostro, aunque he de decir, que en esa época, se usaba el maquillaje sobrecargado: sombras azul plumbago combinadas con magenta, colorete en línea ascendente para “enfatizar los pómulos”, boca rojo pasión y finalmente, un toque de brillo labial con sabor a cereza –sabía a demonios, yo creo que por eso no me besaron hasta que cumplí los veintidós-. La mascarilla para las pestañas, merecía un ritual aparte: enchinamiento con cuchara o enchinador de metal; cinco capas de rimmel intercalando entre cada una, capa de talco o polvo para el rostro. Luego, con un alfiler, separar la torta que se apelmazaba en las pestañas. ¿El resultado? Patas de araña pegadas al rostro, bueno, ni siquiera se podía coquetear con ellas. Y así nos atrevíamos a salir a la calle. Los salones de belleza en realidad son cámaras de tortura. Ni en el “Museo de los Suplicios” se describe de manera tan gráfica lo que ocurre tras sus puertas. Si te pones mechas, es decolorarte el pelo, ponerte el tinte, empapelar con alumnio la cabeza, exponerte al calor como cuarenta y cinco minutos, lavar el pelo, cortarlo y secarlo porque se usa lacio. Para que luego no nos guste el tono y mucho menos nos parezcamos a la modelo güerita de donde sacamos la grandiosa idea. Las uñas, otro escabroso tema. No nos crecen, se nos escaman cual pastel mil hojas, quebradizas... para eso se inventaron las “uñas de escultura”, las cuales consisten en pegarte una uña artificial con capas y capas de un líquido quemante para después decóralas hasta con las perlas de la virgen y meter las manos a una luz ultravioleta que a la larga, seguro provoca cáncer. Ya no menciono los procesos de “peeling” y “lifting”; el horrible proceso de depilación con láser o cremas apestosas; el bronceado permanente de duración dudosa; las operaciones de nalgas, senos, abdomen y chaparreras –conozco a varias que quedaron en la mesa o “menores de privilegio”, pero eso sí, bien voluptuosas-. Se preguntarán: ¿envidia, coraje o qué? Tal vez todo junto, pero yo soy de la opinión de que hay que envejecer con dignidad, eso sí, de vez en cuando una ayudadita no cae mal. Los caminos del “salón” son insondables... algunos verdaderamente tortuosos.

miércoles, 15 de abril de 2009

¿Jueguitos que desafían a la imaginación?

Como es bien sabido, los niños del mundo tienen una imaginación fértil, fruto de la imitación de lo que ven a su alrededor. Pues hoy me estaba acordando con mi mamá de todos esos juegos que se inventan con lo que se tiene a mano. Como mi abuela aplicaba inyecciones a las vecinas del barrio, mi madre escuchaba todas las dolencias con las que llegaban las señoras: “Mire Licho, tengo un dolor en la rabadilla que me sube por todo el esternón”....”Doña Licho, vengo a que me inyecte porque nomás no puedo andar, me duelen las rodillas...” Y así, al infinito. Pues mi madre, que como ustedes saben, es rete ocurrente, pa pronto organizaba minisala con sillitas y jugaba con sus amigas a las enfermedades... todas las chiquillas entraban en feroz competencia para ver quién de ellas tenía la más terrible y devastadora de todas... lo malo es que dice ella que ahora, ya las reglas del juego cambiaron porque, actualmente, se juntan en las salas de sus respectivas casas y platican de las mismas enfermedades pero de a de veras... Otro juego recurrente es el de las “comiditas”. Toda niña que se precie tenía en su haber, mínimo, un juego de té de plástico decorado con filigrana rococó y las más curras, unos jueguitos de porcelana miniatura que consistían en 6 tasas, 6 platitos, plato postrero y tetera con azucarera y jarrita para la crema. Y esto era darle vuelo a la imaginación: “-Señora, cómo ha estado su hijita, la veo medio desmejorada... (Refiriéndose a una muñeca sin cabeza y con los brazos volteados)”, o si no:- “Ándele señora, pruebe este pastelito de frambuesa, lo acabo de hacer... (Pastel maquilado con lodo putrefacto del jardín y decorado con mariquitas muertas a manera de frutillas). Y ya no les doy el resto del menú porque era realmente asqueroso. Lo que a mí me encantaba era cocinar con mi mamá. Me habían regalado un horno “milagro” - las que saben cocinar entenderán en qué consiste-, y cuando mi madre hacía pasteles me regalaba tantita masa y la poníamos a cocer junto con el “grandote”. Luego, lo decoraba y hacía rebanaditas pequeñitas para jugar, ahora sí, de al “devis”. Dos eran los juegos prohibidos en esa época: el doctor y a los “esposos”. No sé por qué, si el de los esposos consistía en decir: “Vieja, ya llegué del trabajo...”, “Ayyy que bueno viejo, siéntate a comer, ahorita te sirvo”. Y ya, era todo. Se nos iba más en la organizada de: “a que tú eras la señora de la casa y estabas haciendo la comida, entonces yo llegaba con mi portafolios y te decía ya llegué, y entonces tú me dices....” “¡No! Yo quiero ser el señor, los señores nomás se sientan y comen y la señora es la que hace todo, ¡siempre quieres ser el señor...!”. En fin, que todo es aprendizaje, desde chiquitas nos regalaron la escobita, la franelita, el trapeadorcito, la tinita, el jueguito de cazuelitas de barro, las cacerolitas, las cucharitas y todas esas “itas” que ahora nos tienen jugando “dealdevis”...

domingo, 12 de abril de 2009

Instrucciones para ver películas de muestra

Otra de mis experiencias alternativas ha sido el mundo del cine. Hace ya un buen tiempo que veo cuanta película cae en mis manos, pero señores hay que saber seleccionar. Cuando comencé a ir a ver películas de “MUESTRA” -sí con mayúsculas y entrecomillada, porque son LAS PELÍCULAS seleccionadas sólo para los elegidos- me comencé a sentir un poco incómoda porque no sabía qué actitud tomar. Mis referencias inmediatas eran películas como “Snoopy vuelve a casa”, “Barquillo de Limón” y “Porkyes”, estas dos últimas, ochenterisimas y preludio que anunciaba las peores películas de adolescentes. Imaginen mi asombro cuando en un grupo al que asistía, comencé a ver películas de Kurosawa o Andrezej Wajda. Como que si sentí la diferencia. Recuerdo una en especial "El hombre de mármol" que vimos en casa de una amiga. 164 minutos señores, del más puro aburrimiento. Nos empezamos a parar para rellenar nuestros vasos jaiboleros y al rato todos estabamos en la cocina contando chistes. Pues a raíz de tanto asistir a este tipo de exhibiciones, me di cuenta de varias características peculiares que tienen los que como yo, somos voyeristas de las vidas ajenas a través de la pantalla grande. Aquí les van algunos consejillos sobre comportamiento elemental cuando se asiste a una peli de muestra:

1.Estar dispuesto a que, por dieciocho días, nuestra cena comprenderá únicamente palomitas y refresco de la “superdulcería”;
2.Prepararse emocionalmente para ver lo más bajo, lo más oscuro, lo más degradante o en su defecto, lo más sublime de las pasiones humanas;
3.Si esperan ver efectos especiales, esto no es lo suyo;
4.Hasta las películas animadas lo dejan pensando a uno ¡Caray! No irse con la finta de que son de “monitos”, hay monitos que te dejan catatónico;
5.El atuendo es básico: pueden usar el mismo que sugerí cuando se va a ver un espectáculo alternativo; pensemos que siempre es la misma gente que asiste a todas estas cosas;
6.Pedirle a nuestro acompañante que de tanto en tanto verifique si seguimos despiertos; hacer lo mismo en reciprocidad con él;
7.No se preocupen por llegar temprano, siempre que se pasa una peli de muestra normalmente tenemos 288 lugares disponibles en una sala de 290 butacas;
8.Para saber si una peli es de muestra lo único que tienen que hacer es verificar el horripilante horario en que las exhiben: 15:00 o 22:30 son los dos que no fallan;
9.Ni se molesten en inscribirse a sitios de cultura en su ciudad -nadie les mandará nada- investiguen en la cartelera de su localidad;
10.No olvidar poner cara de intelectual conocedor del cine de muestra: salir hablando a grito pelón sobre la fotografía, música, encuadres, planos e iluminación; jamás de vestuario y maquillaje, esas son banalidades;
11.Si la película es oscura, lenta y hablada en kurdo, es de muestra.
Espero no desanimarlos con estas referencias, lo que intento es que se integren a la brevedad en el fascinante mundo del cine alternativo.

viernes, 10 de abril de 2009

Sacado del cuarto de las injurias

Llamase cuarto de las injuria -según definición sustentada en su aplicación por mi padre- a aquél espacio de la casa ubicado en lugar alejado, bodega o lugar abandonado donde ponemos todo “lo que nos puede servir pero que en este momento nos estorba”. Toda casa que se precie, tiene un cuarto de las injurias, mal llamado desván, sótano o ático. En mi casa, cuando nuestra mucama ML nos cambió por dar seguimiento a un varón, su cuarto se convirtió en esto, puras injurias. Pero de verdad que cómo sirven... durante un tiempo, claro. En esos cuartos se guardan las cosas más inútiles e insospechadas, absolutamente inservibles, pero como los mexicanos le tenemos miedo al vacío y somos bastante ingeniositos para inventar soluciones al más puro estilo MacGyver, pues no nos resignamos a tirar nada. Y así, guardamos tablas y tablones de todos tamaños, tornillos que pertenecieron a un librero que armamos sin seguir instrucciones y que luego no supimos en dónde iban; pantallas de lámparas rotas “porque el alambrito está bueno, seguro que yo hago una mucho mejor”, toda la parafernalia navideña, por supuesto sin rotular, así que cuando llega la fecha tenemos que mover como doscientas cajas para dar con los santos peregrinos; tubos de cartón; marcos para fotografías; un espejo Luis XV roto; los retratos de los abuelos al carboncillo; los disfraces de los niños –que seguro no se ocuparán hasta que se tengan nietos; y para entonces el Oso Yogui ya no estará de moda-. Revistas viejas de belleza, cine, tejido en crochet y manualidades mil que siempre tuvimos la intención de hacer para dar a nuestra casa un toque “acogedor”; todos los regalos del 10 de mayo ocultos por una madre desesperada al no saber qué hacer con esos bodrios; regalos de boda que luego una anda “ropereando” para salir del paso (no lo nieguen). Finalmente, todo sirve, aunque no tengamos la certeza si será en este año o dentro de veinte. Cuando yo estudiaba diseño gráfico ¡como me sirvieron estos trebejos! Mi amiga Yan y yo teníamos unos papás cargapalitos (otro término paterno, definitivamente sin ánimo de albur) que tenían de todo lo necesario para subsistir a una carrera demandante de trique y medio. ¿Qué un libro de arte? Mi apá; ¿Qué un alambre galvanizado del No. 8? El apá de Yan; ¿Qué una musiquita del medioveo tempranillo? Mi apá; ¿Qué uno mono de ventrílocuo? El apá de Yan... todo mundo nos envidiaba por eso, la verdad nunca tuvimos que ir a la biblioteca o andar de aquí para allá en mercerías o tlapalerías consiguiendo cuanta cosa para las entregas. Así que si les llegan correos sobre desprenderse de lo humano, cultura del desapego, liberarse de cargas inútiles, desafanarse de tiliches, hagan caso omiso... el mexicano alcanzará el Satori cargando con todo lo imaginable...

sábado, 4 de abril de 2009

Cómo sobrevivir a un espectáculo alternativo

En mis andanzas por el mundillo de la cultura y el arte he incursionado en varios espectáculos y exposiciones de corte “conceptual”. Se preguntarán que qué es eso. Ni yo misma lo sé explicar, pero supongo que es algo que tiene concepto aunque he pasado noches enteras sin dormir tratando de develar qué judas quisieron decir con eso. Entre los que recuerdo con gran cariño está uno que se presentó en el festival de danza contemporánea. Un homenaje a Lorca. Describo la atmósfera: oscuridad total; inicia paulatinamente luz de fondo en tonalidades rojizas; sale bailarín en cueros con el pitirrin amarrado al más puro estilo yanomami entre nubes de hielo seco, copal y cigarro. Comienza a decir: “calor, calor, calor...” y lo repite como doce mil quinientas veces durante la hora que duró semejante suplicio. El de nosotros, porque no quiero ni pensar cómo sería el de él. Al final le cachamos que lo que quería decir era “Lorca” las doce mil quinientas veces. Se cierra el telón. No entendí, pero no he podido olvidarlo. Otra, una obra de teatro de corte posmoderno en donde salen siete personas corriendo de un lado para otro portando en las manos unos pocillos de peltre y haciendo como que se sirven té caliente con pastitas unos a otros. Duración de la obra: 1 hora 30 minutos. Les podría describir más de cinco de estas puestas en escena, pero no deseo aburrirlos. Mejor les dejo el decálogo que he compendiado para ustedes sobre qué hacer en caso de caer en las garras de un espectáculo semejante:

1. Llevar a cabo un entrenamiento previo: elegir alguna silla o butaca incomoda que tengamos en casa y permanecer sentados dos horas como mínimo en ella; procurar moverse lo menos posible;
2.El vestuario es importante: pantalón de mezclilla o kaki, tenis o huarache de cuero, camisa de manta o playera con estampado de algún grupo de rock alternativo; para las damas, huipil oaxaqueño o guatemalteco; morral tejido en telar, indispensable;
3.Fijarse bien en quién te invita. Normalmente sale algún pariente del invitador en el espectáculo y éste no se anima a ir solo;
4. Analizar el marco en donde se presentará la puesta: si es en un festival de danza contemporánea, piénsenlo dos veces antes de acudir o en su defecto, lleven algún tipo de psicotrópico para estar a tono con el mensaje. Esta sugerencia también aplica para performance y obras de teatro alternativas;
5. Leer detenidamente en el programa si el espectáculo está patrocinado por alguna beca de instituto de cultura o gobierno del estado; este es el punto del no retorno y todavía tendrán oportunidad de huir;
6. Si en el mismo programa se encuentran descripciones de la obra como: “X compañía de teatro nos mostrará un espectáculo que representa una pesadilla pandemoníaca e imponente en sus imágenes y celebra la vuelta de los muertos, que tienen que volver a visitar a su tierra para que por fin puedan ausentarse, y así navegan con un gran gesto a lo largo de la corriente del infierno – ¡en punto muerto, directamente al ocaso!”, entonces valorar si es recomendable entrar o enfrentarnos a nuestros demonios;
7. Si no puede eludir la invitación, ir dispuesto a todo; uno nunca sabe si va a acabar bañado en salitre y con plumas pegadas al cuerpo;
8.Si la imagen que queremos proyectar a los demás es de absoluta intelectualidad y dominio del tema, jamás, pero jamás salirse a la mitad; esto provoca sospechas en la concurrencia y nos quemamos por nada; soportar estoicamente la jornada;
9. Nunca se sabe si ya terminó la obra, esta característica es típica de los espectáculos alternativos, así que es conveniente esperar a que los otros aplaudan o abucheen o manifiesten un gran apremio por huir de ahí... dar tres palmadas de cortesía por no dejar;
10.Al salir del teatro tengo varias alternativas por sugerir: ir al cine a ver una película de Van Damme o de la “Mole”; caer en el puesto de tacos más cercano; correr a un antro y/o embriagarse y tratar de olvidar. O todas.
Dejo a su consideración estos consejillos que la experiencia me dictó sin mayores pretensiones. Ustedes saben si hacen caso omiso o se arriesgan; que no se diga que no les advertí.

miércoles, 25 de marzo de 2009

Princess on board

Lo confieso. Siempre quise ser una princesa. A pesar de que mi madre me contó todo al revés; a pesar de que me dijeron que las princesas sólo existen en los cuentos de hadas, no importaba, toda niña que se precie quiere ser una princesa. Recuerdo mi incursión en el mundo de las fantasías no resueltas. La primera vez que salí a un escenario con vaporoso vestido blanco, fue cuando cantamos en el kínder “La danza de los muñecos” de Cri Cri. Yo era el hada que despertaba a todos con el poder de mi varita mágica. Una varita de ensueño, olvídense de las varitas que venden en los supermercados. Mi papá me hizo una con un palito y con una estrella en la punta, toda pintada de blanco y con harta diamantina, me sentía soñada. Y ahí acabó mi carrera de princesa. Al paso del tiempo –ya lo he platicado- en el momento de la organización de los festivales escolares, la angustia hacia presa de mi pequeña caja toráxica porque se daban los mejores papeles a las niñas güeritas de ojo azul y yo, claro, con los dientecillos salidos y separados, pues no daba el tipo que el papel requería. Pasaron delante de mí papeles como la “princesa caramelo”, princesa de la primavera, princesa del salón de prepa, princesa de cuento de hadas... Bueno, ni siquiera debuté en sociedad. Veía con una envidia a todas esas niñas haciendo su presentación de lo más naturales y merecidas... y yo, siempre era el pajecillo oculto de la corte real. Analizando mi vida, me he dado cuenta de que en muchos momentos de ésta, he sido una princesa. Por ejemplo: la vez que me presenté en el bailable y mis papás me aplaudieron a rabiar, o el momento en qué me titulé de mi carrera y me llevaron tremendo ramote de flores, o el momento en que un galán incógnito me declaraba su amor, o tenía un detalle caballeroso conmigo como abrirme la puerta de la carroza o retirarme la silla. ¡Es tan fácil hacer sentir a una mujer como princesa! Lo difícil es que de verdad nosotras nos sintamos princesas, porque a veces andamos de capa caída, o sintiéndonos que nadie nos quiere, o portándonos como la princesa del chícharo, esa que para todo pone remilgos. Ser princesa es cuestión de actitud.

sábado, 21 de marzo de 2009

Baúl de sueños y evocaciones

Este nombrecito no es de mi inspiración, confieso que lo robé de una exposición en la que estuve alguna vez, pero queda como anillo al dedo para lo que a continuación platico. Hace ya varios lustros, cuando comencé a salir con muchachos, recuerdo una ocasión en que uno de tantos, me traía arrastrando en el pavimento. Pues hete aquí que fuimos a unos quince años con unos amigos en donde se encontraba “ÉL”. Muy apuesto, con su traje de tres piezas absolutamente ochentero, mirada profunda, ojos de miel. Nos sentamos –nos sentaron mis amigas, diría yo- juntos y comenzamos a platicar. Yo, arrobada, ni pelaba lo que decía nomás por estarle contemplado sus ojitos de aguamiel en penca... y que se pone a dibujar en un papelillo que sacó de la cajetilla de cigarros: que si cuando fue al campamento –dibujaba mapa de ubicación del lugar-, que si tenía el proyecto de arreglar no sé qué parte de su casa –mapa de distribución de cómo estaba el palacio de mi príncipe-, en fin, que para todo gastó servilletas y papelillos mil. Yo, discretamente tomaba el croquis en cuestión y subrepticiamente, cual ladrona de sueños, lo guardaba en mi bolsita de mano. Al llegar a casa, traía yo en mi bolso un archivo, que ni el general de la nación. Pues bien, toda la semana me la pasé contemplando los papelillos diciendo para mis adentros: “¡Ay! Qué linda letra tiene”, “Ja ja ja, qué simpático y qué interesante su plática” y cosas por el estilo. Inmediatamente, me entró la necesidad urgente de inaugurar un lugar secreto en dónde colocar mis “tesoros” (como si fueran los mapas que me llevarían a su corazón). Encontré una caja decorada y comencé a guardar cuanta tontería se imaginen en él. A continuación enumero –no necesariamente en orden cronológico, claro- todo lo que tenía en ese baulillo de cartón:

Un chicle masticado –Motita, porque era rosa-.
El pañuelo de tela manchado con loción
Un pañuelo desechable, con quién sabe qué sustancias vitrificadas
Los mapas arriba mencionados
Una cajetilla de cigarros convertido en auto fórmula 1
Como doscientas flores secas –No es por presumir, pero...
Un escudo de conocido colegio de varones
Un anillo con la estrella de David grabada
Una foto de un bebé que después no sabía ni quién era
Un palito de paleta de hielo marcado con una fecha incierta
Servilletas con frases, planos e indicaciones
La bachicha de un cigarro (sabe de quién sería)
Una cinta de tenis Converse, rota
Un llavero con un alacrán encapsulado (¡¡¡!!!)
Dos esferitas navideñas
Como doscientas tarjetas cumpleañeras (eso si se siente rete bonito)
Un paliacate medio nejo

Bueno, pues el fin de todas estas fruslerías tan útiles al alma afligida y tan inútiles de guardar vieron el fin de sus días uno de tantos, en que fui a un retiro espiritual (sí, lo confieso, yo iba a retiros espirituales). En ese lugar nos pidieron que lleváramos cosas que tuvieran un gran significado para nosotros y ahí voy, cargando mi baúl de sueños y evocaciones, de lo más ingenua. Al pasar la tarde, el padrecito nos dice: “Bueno niñas, ahora vamos a hacer un ejercicio de desprendimiento de las cosas materiales. Haremos una fogata y quemaremos todo en ella”. Nos miramos las unas a las otras: unas abrazaron la almohadita que las acompaño desde bebés; otras corrieron con el mono de peluche a la esquina del patio y se engarruñaron; hubo gritos y lamentos y tremendos lagrimones. Se armó la pira inquisitorial y estoicamente fuimos pasando de una en una para hacer el famoso “ejercicio”. De a tiro sentí que mi parte judía salía flote... ¡Qué cosa! Nomás veía como se arriscaba el alacrán, y volaban las flores convertidas en cenizas... Para lo único que sirvió el ejercicio de desapego fue para agarrarle chinguiña al padrecito y alejarme de la santa madre iglesia de volada. Lo bueno fue que no tardé en recuperar lo perdido, ya saben cómo se las gastan las medusas...

sábado, 14 de marzo de 2009

De domingos alegres y rumberas frustradas

Una de las variantes de mi acercamiento al baile fueron las películas musicales. Mi madre me platica que antaño, a la salida de misa, repartían un volante con la cartelera que se exhibía en los cines de la ciudad. Por supuesto que las de Tin Tan, Resortes y todas las de rumberas estaban clasificadas como FCPI, que significaba “Fuera de clasificación por inmoral”. Ahora esto sólo convoca a risa, pero en ese tiempo la censura ante los cuerpos curvilíneos y los bailes sicalípticos era terrible. Entonces, no quedaba de otra más que ir a ver las ingenuas comedias de Doris Day o los enredos amorosos cargados de música y baile que protagonizaban Fred Astaire y Ginger Rogers. Al cabo del tiempo y cuando las películas en “Beta” comenzaron a circular, uno de mis mayores placeres era ver estos musicales con mi madre al lado. Todo este antecedente lo platico para ponerlos en contexto por lo que a continuación relato: los domingos por la tarde resultan tediosos para cualquiera que ya tenga hijos en edad adolescente. Los padres ya no tienen pretexto para salir a comprar el globo o la paleta de hielo con sus vástagos, por lo que mis padres y un grupo de lo más ecléctico, decidió invertir sus domingos en reuniones de café, pastel y platiquita sabrosa. El grupo, como platico, estaba formado por una bailarina y un pintor, un ingeniero químico, dos hermanitas solteronas de mirada a lo Gloria Swanson –incluso una de ellas se peinaba así- un doctor y su esposa –los amigos con los que íbamos de vacaciones a balnearios guanajuatenses- una maestra de baile y mis papás. Los demás eran población flotante. Durante más de diez años se reunieron los domingos rolando las casas y el menú, además de que de pronto, alguno de ellos llevaba personajes interesantes del mundillo de la farándula o la intelectualidad defeña, por lo que ese día en especial, la reunión resultaba de lo más interesante y divertida. Ya entrados en confianza, un buen día decidieron hacer una fiesta en donde cada uno de los miembros daría a los demás un poco de su talento y soltura para el baile, la poesía o el teatro, por lo que se dieron a la tarea de preparar todo el tinglado. Mi mamá, que como ya he platicado, tiene una imaginación de lo más fértil, decidió con su amiga A montar un numerito basado en las cantantes de la época de los cuarentas y se dieron a la tarea –con gran regocijo- de hacerse unos vestidos inspirados en la película “Los caballeros las prefieren rubias” estelarizada por Marilyn Monroe y Jane Russell, en el primer número de la película. Negros, hombros al descubierto, consiguieron las talentosas damas unos aretes que aplicaron al inicio del escote que dejaría entrever sus curvilíneas piernas. ¿La canción elegida? Frenesí cantada por las hermanas Navarro. Durante varias semanas ensayaron la canción con la misma intensidad que describe el título de la canción elegida. Cuando llegó el ansiado día, sucedió que uno de los miembros del grupo tuvo un derrame cerebral, hecho muy lamentable pues era un muy querido amigo, por lo que la función se suspendió. Y así quedaron también los vestidos enjoyados, suspendidos en el gancho, colgados en el fondo de un closet, esperando a que tal vez las hijas se decidan algún día a seguir sus pasos.

miércoles, 11 de marzo de 2009

¡Oye Salomé...!

Siguiendo con las historias de familia, ésta que a continuación relato me causó mucha novedad. Resulta que antaño se usaba ponerle a las inocentes creaturas el nombre del santo que se celebraba el día de su arribo a este mundo. Pues bien, mi pobre bisabuela materna llamábase Jerónima, mejor conocida como Mamá Moma para los allegados. En un acto de violenta venganza ante tal apelativo, Momita le puso a sus hijas Saturnina –Nina para abreviar-, Serapia –Serapita, porque chiquito se oye menos feo-, Hildelisa –que era mi abuela hermosa y que toda la familia conocimos como Elisa- y para rematar, Salomé –que en el nombre llevó escrito su destino-. La tía Salomé, cuya historia es la más interesante de todas, se inspiró en la bíblica mala pécora y decidió en un arranque de pasión incontenible, fugarse con su novio a los United. Nunca se casó con el maldito canalla que la arrancó de manera tan alevosa del seno materno y quedose Salomé con un niño en brazos y abandonada, como bien consigna el poema de Julio Sexto:

Cómo me dan pena las abandonadas,
que amaron creyendo ser también amadas.
Y van por la vida llorando un cariño,
recordando a un hombre y arrastrando un niño.

Ramón, el vástago resultante de esos amores prohibidos, creció y decidió volver a México para conocer sus orígenes. Organizó el viaje en el cual Salomé se negó rotundamente a participar y emprendió el viaje hacia la tierra del agua miel para visitar a los parientes. Se le esperaba con ansias y con curiosa morbosidad: hijo-pecado-de-tía-innombrable-viene-de- os-united-con cargamento-interesante. Llegó en tamaño carrote Ford Coupé negro modelo 54, con un cargamento de ropa gringa que hizo las delicias de chicos y grandes. Él compró de todas las tallas y colores y fue repartiendo a diestra y siniestra las anheladas prendas a toda la familia. Pero lo más curioso fue que llegó con su esposa Mary, una india Cherokee nativa de meritito Illinois. Con trenzas y toda la cosa. Se crearon nuevamente fuertes lazos familiares y se juraron visitarse a la brevedad. Cuando Ramón llegó a su tierra, le platicó a Salomé de los parientes y ella aceptó finalmente que mamá Moma fuera para allá. Reunión familiar en Chicago. Mi tío R, hermano de mi madre, vivía allá y como todo miembro de la familia Ch, fue raudo a presenciar el encuentro entre madre e hija. Reconciliación. Celebración por parte de Mary, quien los obsequió con una sesión espiritista, pues resulta que la tía Cherokee se dedicaba en sus tiempos libres a ser médium. Digna nuera de la familia. El regocijo de mi tío R no tuvo límites y llegó platicando a la familia sobre tamaña novedad. Mi abuela lo mando de inmediato a santificarse con el sacramento de la confesión, pues ya se sabe que todas esas prácticas son pecado y están penadísimas por la Santa Madre Iglesia. De lo que se entera una en las pláticas de sobremesa.

sábado, 7 de marzo de 2009

Piropos

¡Ay niña! cuándo vendrá el hambre para comérmela a usted.
¡Que preciosidad! Por usted soy capaz de trabajar.

¡Vaya un busto! Que trabajo le costará cruzarse de brazos.

No hay bombero en el mundo que pueda apagar el fuego de sus ojos.

¡Virgen de Guadalupe! Aquí esta su Juan Dieguito.

Vaya una mujer perfecta. ¿Acaso es su papá tornero?

No mire el suelo, que con sus ojos va a romper el asfalto.
A ver si a ustedes se les ocurre algo más original... ¡por Dios!

Divina mujer: ahora le toca a las cartitas amorosas

Texto tomado de un libro que se llama “Cartas amorosas”: “El amor inspira para escribir bellas cartas de amor en las que se vuelca toda la pasión, todo el sentimiento, toda la ternura, ahora que, muchas veces la fuerza de esa pasión es tan avasalladora, que no se sabe lo que se escribe y es para esos casos para los que se han escrito los modelos de cartas amorosas que aparecen en este libro”.
Un buen día, me dio por comprar libros cursis. Tengo de todo: “Cómo ser una joven encantadora” , por ejemplo, otorga a la núbil lectora un sinnúmero de consejos para gustarle al novio, al amante, al marido incluso. Tengo otro que es realmente tierno: “Cómo conseguir marido”... no hace falta decir que las instrucciones asentadas en el libraco de marras son por demás ingenuas... pero los que me encantan son los libros de plantillas para escribir una cartita amorosa. En su índice da cuenta de los siguientes temas para no batallar nada cuando la musa Erato se niega a iluminarnos: cartas para pedir una cita, para exigir una respuesta, para contestar después de recibir el anhelado si, carta explicándole al ingenuo novio que sus padres desean que ella rompa relaciones, reclamo, aniversario, abandono, rompimiento; cartas rehusando y aceptando, carta de un militar a su esposa (único caso en donde se señala la profesión del interfecto, lo que me hace pensar en una gran incultura amorosa en este ramo)... en fin, toda una gama de posibilidades. Además, trae entre sus páginas una serie de “lenguajes ocultos” que harían las delicias de nuestras bisabuelas: el lenguaje de las flores y el del abanico; dedicatorias para postales, para retratos e incluso una sección de piropos. Como ya sé que están pensando porqué la Rima no publica algo de esto, aquí les pongo una muestra para que se entretengan:

Declaración amorosa
Divina Criatura:
Esta confesión no me causa vergüenza, porque creo que es una confesión digna de ser oída y comprendida por usted. Yo tengo la idea de que el sentimiento amoroso de un hombre no debe andar con rodeos ni con misterios para expresarse a una mujer. Por eso le digo que la amo y lo digo sin turbación, pues mi amor por usted es un amor sano, sincero: no es un amor vulgar.
Mi amor apasionado hacia usted, es digno de ser correspondido, porque se desprende desde el fondo de mi corazón.
El que haya sido inspirado por usted me llena de orgullo, me causa una sensación indefinible y me da valor para manifestarlo. ¿Cesarán pronto mis preocupaciones? ¿Calmará usted mis desvelos?
Espero que este sentimiento de mi corazón no le sea indiferente, y, mientras llega su contestación que espero sea favorable, quedo rendido a sus pies.
Su enamorado.

Contestación negativa a una declaración
Distinguido señor:
No sabe lo difícil que es para una mujer, contestar una carta amorosa como la que usted me envía, pues el caso es que soy una mujer desilusionada del amor, que no cree que haya un hombre verdaderamente sincero a quien se le pueda entregar el corazón.
Esta es la única razón por la cual mi respuesta no es como usted la desea. Pero no se desanime, amigo mío, pues hay otras mujeres en el mundo que no están amargadas como yo y que pueden corresponderle y hacerle feliz.
Mi contestación por ahora, es negativa a sus deseos y seguiré sola en la vida con mi amargura y mi pena.
Soy su servidora..........

Si alguna vez se les ofrece, nomás es cosa de que me digan en qué situación se encuentra su corazón y mando a vuelta de correo la respuesta ideal. Sobre todo, si son militares.

viernes, 27 de febrero de 2009

¿Cuál es mi paraíso, si se me va la vida en infiernitos?

Hace poco estaba cocinando en casa de mi madre –si, ya sé, pero a veces cocino- y se me cayó la sal en grano. Mi madre exclamó: -¡Cuidado! ¡Que pones a llorar a los niños del limbo! Mi desconcierto no tuvo límites, primero porque soy atea y segundo, porque según las últimas noticias obtenidas, el limbo no existe, lo eliminaron del mapa celestial y de la esperanza de miles de madres que esperaban que sus hijos vieran la gloria el día del juicio final. Pues bien, este hecho me hizo reflexionar sobre las otras tres opciones que nos quedan: cielo, purgatorio e infierno. Me quedé pensando –como muchos otros, en mi caso- que estos tres sitios pertenecientes a la metafísica más elemental, nos los construimos día con día. Y la mejor opción por construir supongo que es el cielo. De niña me construí varios paraísos. Por ejemplo: cuando iba a la dulcería C, -que por cierto tiene todavía los dulces más ricos que los besos de la novia- el cielo para mi, era trabajar ahí porque me habían informado fuentes fidedignas que la dueña permitía que las señoritas logradas que trabajaban ahí, podían comer todo el chocolate que sus amplios estómagos les permitiera contener. A mí eso se me hacía la gloria, pero analizando a las mencionadas señoritas, me di cuenta de que eran de “carita difícil” –como dice mi padre cuando ve una muchacha poco agraciada- y que, francamente, podía uno llegar al hartazgo fácilmente. Y si no me creen, pregúntenle a una amiga, que cuando le hizo el fuchi a la comida que le daba su madre, ella correspondió preguntándole que qué le gustaría comer entonces, a lo que ella respondió que dulces, por lo que la santa mujer -solícita como toda madre- procedió a cumplir los deseos de su disgustado vástago y le dio a comer dulces, chocolates y jaletinas durante una semana, hasta que la niña pidió a gritos aunque fuera un limón con sal. Ese, definitivamente, no podía ser el cielo. Pasados los años, cambié de paraíso varias veces: el paraíso era ir a ver películas de Walt Disney al cine Azteca con mis papás; que me llevaran con mis hermanos a la juguetería Félix para ver los regalos que nos traería el “Niño Dios” esa navidad; salir a toda velocidad en mi bicicleta “Vagabundo” con mis amigas; que me dejaran platicar con mis vecinas de la cuadra hasta las 10 de la noche; que el muchacho objeto de mi anhelo me volteara a ver de vez en cuando; que me sacaran a bailar las”calmaditas” en las tardeadas ochenteras; que un muchacho me pidiera mi teléfono, aunque después el paraíso se convirtiera en infierno porque el indino no me hablaba o si me hablaba, era para preguntarme por mi amiga “X”. Total, que me di cuenta ya medio tardecito que la vida tiene dos opciones: o estás en el paraíso o te la pasas instalado en el infierno, tú tienes esa opción. Eso del purgatorio como que no va conmigo, porque sería como vivir a medias tintas. Tengo la esperanza de que las autoridades eclesiásticas lo erradiquen y saquen a todas esas ánimas sufrientes. Así que he decidido –en la medida de lo posible- vivir en el paraíso que para mí es cualquiera de las cosas que están en mi lista de cien gustos, más los que se adhieran a ella con el tiempo. Mi paraíso es pasar tiempo conmigo, es encontrarle la pasión a lo que uno hace; es pensar que hoy, aquí y ahora, estoy viva; que tengo la opción de elegir darme a los demás; aunque a veces, el infierno sean los otros.

lunes, 23 de febrero de 2009

Cartitas amistosas

Antes de que la computadora nos permitiera habitar la gran aldea global, se usaba mandar cartas. No había cosa más emocionante que recibir una carta de algún amigo querido o novio lejano. Me acuerdo que varias de mis compañeras se fueron en secundaria a estudiar a colegios en el extranjero. Siempre ponían una leyendita al final que decía ¡Writte back soon! Esto se me hacía de lo más ridículo, pero hay que entender que estaban estudiando inglés y había que apantallar a la amiga que se quedaba en el pueblo del aguamiel, con una envidia tremenda... Al cabo del tiempo, comencé a escribirme con muchos amigos y amigas de diversas partes: “¡Pásame tu dirección!” era la típica frase que nos decíamos movidos por el entusiasmo de seguir manteniendo contacto con la persona recién llegada a nuestras vidas. Cuando regresaba de la escuela y mi madre me decía: “Te llegó carta de fulano o de perengano”, tarde se me hacía para irme a mi cuarto y abrir el sobre... analizaba los timbres, el sello postal, hacía el cálculo de cuánto había tardado en llegar la carta desde aquellos lugares... era realmente un disfrute. Algunas eran escritas en papel de libreta de raya, otras, las más, en papel para escribir con alegorías sobre el amor o, no por ello menos cursis, de monitos como Snoopy o Hello Kitty. Yo tengo una caja con todas las cartas que me llegaron en esos días, y a veces las releo para acordarme de cosas, de personas que no sé en dónde andarán. Al paso del tiempo descubrí que escribir una carta era y debía de ser todo un rito; la buena escritura se rodea de cosas hermosas como una buena pluma fuente, un papel elegante o un sello para lacrar el sobre. Pocas personas conozco que sigan utilizando toda esta parafernalia alrededor de la escritura epistolar. Ahora, cuando mucho, recibimos sobres llenos de publicidad, cuentas por pagar... y nada más. Ahora, “dame tu dirección” se ha sustituido por “dame tu e-mail”. Pero el correo electrónico tiene sus ventajas: no estás obligado a dar tu dirección real por lo que si cae en manos de un psicópata, sólo lo pones en “correo no deseado” y listo, te libras de morir asesinado en la bañera de tu casa... Te mantiene en contacto tus amigos y amigas; encuentras a los desaparecidos hace años; permite decir lo indecible ocultándonos tras una pantalla. El único problema que yo le veo a esto es que JAMÁS nos libramos de recibir cadenas de santitos milagrosos, niñas que están desaparecidas, que Hotmail cierra su servicio, que tenemos que ayudar a Cleto, que en Taiwan comen fetos en el desayuno, que si mandamos chorrocientos correos nos darán un modelo de teléfono de ensueño y que venden gatitos envasados para adornar nuestra chimenea. Ahora lo único que conozco de mis amigos es su credulidad al reenviar estos correos, su ingenuidad al pensar que yo lo reenviaré. Finalmente seguimos en lo mismo: la carta cálida, hermosa y profunda, queda en el olvido. Por lo menos, sé que siguen vivos, caray.

martes, 17 de febrero de 2009

Hablemos como Arturo de Córdova

Una de las cosas que me causa más placer es ver películas mexicanas viejitas al lado de mi sacrosanta madre. Al principio, la toma de contacto con este tipo de películas fue por demás traumático. Me acuerdo que los sábados mis papás salían y mis hermanos y yo nos quedábamos con una señorita de las de antes, que dizque nos cuidaba. Nomás era cosa de que se fuera a dormir, y mi hermana y yo prendíamos la tele –de bulbos- para recetarnos a nuestras anchas películas como “Nosotros los pobres” y el resto de la saga lacrimógena. Pues bien... lo que se ve en esas películas no tiene nombre, sobre todo para la mente impresionable y morbosa de una niñita de 7 años: la escena del torito quemado, que ya es un clásico; la del “Camellito” destazado bajo las ruedas de un tranvía; Chachita declarando su amor incondicional a “Pedrito” me dejaban con los pelos de punta por el resto del fin de semana. Pero que descubro a Arturo de Córdova y todas sus películas de garra... ¡Qué hombre! Me encantaba ese señor... pero comencé a darme cuenta de que siempre que había una escena cumbre en la película, la protagonista caminaba de espaldas al galán y veía hacia un gran ventanal que daba al jardín de la mansión mientras él la tomaba de los hombros susurrándole al oído las razones por las cuales su pasión por ella no podía ser posible... luego ella cedía y se daba la vuelta, ofreciendo sus labios al galán, entonces el giraba ciento ochenta grados y se recargaba en la chimenea –siempre había una escalerota gigante y una chimenea- y entonces él era el que se hacía del rogar... y así se la pasaban media película en diálogos como estos:
- Es extraño, siempre pensé que te gustaba Delia del Campo ¡La veías con unos ojos!
- Con los únicos que tengo... Pero yo si estaba seguro que entre Lorenzo Mendoza y tú había más que una mera afinidad... ¡No negarás que te galanteaba!
- Bernardo... una mujer a la que nadie galantea no existe para su marido...
- ¿Quiere decir...? ¡Entonces admites que...!
- ¡Un momento! Me parece inconveniente tu tono de voz... Te olvidas que ya estamos divorciados... (Música de violín lastimero de fondo)
- Así que...
- Ahora puedo decirte toda la verdad...
- Toda...
- ¿Y por qué habría de ocultártela?
- ¡Claro! Como somos dos extraños...
- ...Dos extraños que no tienen nada que ocultarse
- Bernardo, mientras fuimos marido y mujer nadie existió para mí, sino tú...
- Cristina...
- ¿Brindamos? (dándole una copa de Martini seco con una aceituna) ¡Feliz año nuevo! Y que la libertad te traiga la dicha...
- (Cristina camina rumbo a la chimenea por décima vez)
- Año nuevo... otro año más (Bernardo le susurra al oído)
- Otro año más...

Después de ver estas películas, me quedo pensando que la vida en determinados momentos debería tener música de fondo, a veces, violines lastimeros, otras, música de suspenso, y las más de las veces alegres tambores. Que deberíamos tener a mano una chimenea para recargarnos cuando damos malas noticias y que una copa de Martini seco, puede aliviar muchas penas... Por lo pronto, espero que encuentren su música interior...

domingo, 15 de febrero de 2009

Alitas de petate

Para continuar con las historias familiares, omití de forma imperdonable a un personaje por demás “Sui generis”: el esposo de mi tía L: el tío B. La mencionada tía, hermana de mi abuela paterna, era una mujer encantadora, de profundos ojos claros y nariz aguileña. Yo ya la conocí en edad madura y cada 12 de diciembre, rigurosamente la íbamos a visitar en convite familiar. Estos tíos vivían en la calle de LDT, a unas cuantas cuadras de la casa de la abuela. Lo que a mí me encantaba de esa casa es que parecía castillo de cuento de terror. Mi tío, era un hombre alto, con una mirada de toro loco que daba cierto resquemor y que siempre hacia bromas con mi ombligo. No se la razón de semejante obsesión, pero invariablemente yo esperaba la dichosa bromita... Pues cuentan los que lo conocieron, que estaba loco. Yo más bien pienso que era sumamente creativo y no se quedaba con la duda de nada. Un día, se le ocurrió que si los pájaros volaban, él también podría revolotear de la misma manera sin ningún problema. Y construyó unas alas de petate. De nada valieron los esfuerzos de quienes lo estimaban o por lo menos, se preocupaban por él, para aclararle que esas inquietudes se manifestaban en el ser humano desde tiempos inmemoriales pasando por Da Vinci, involucrando a los hermanos Wrigth hasta llegar a la era espacial... él se empeñó y allá va, cuál intrépido Ícaro, a subir el cerro más alto que encontró y lanzarse al vacío con la ingenuidad del científico despistado. De más está decir que la fuerza de gravedad hizo muy bien su papel dando como resultado el consiguiente batacazo final. Esta experiencia aérea no mermó en nada su ánimo e iniciativa y decidió que lo mejor era dedicarse a la construcción. La casa en que vivían los tíos era de estilo neoclásico –típica casa de barrio, de techos altos, entresolada. Se pudiera decir que era una casa “normal” viendo la fachada, pero la realidad era que dentro de ella se cocinaban las construcciones más extrañas que mis ojos han visto. Por ejemplo, el tío decidía que se debía hacer una puerta para conectar al baño con el cuarto contiguo: construía entonces la puerta, que al más inspirado modo de los conventos europeos, medía 50 cm de ancho por 1.10 de alto. Uno tenía que inclinarse y pasar de ladito al mencionado recinto, que entonces se desplegaba con majestuosidad versallesca, pues el lugar contaba con araña de cristal, diván para reposar el baño de tina y un espacio de mármol pulido que los mejores bailarines de vals envidiarían. La casa estaba plagada de escaleras que no iban a ninguna parte y si iban, sólo era para subir al cuarto de las “injurias”. Además, agregaba terracitas voladas para tomar el sol con orientación hacia el oeste. Un día se le ocurrió escarbar en la sala y dio con unas puertas que dejaron correr a su ingrata imaginación pensando que eran los consabidos túneles de SLP, pero que luego resultaron ser acceso a las lumbreras de los caños de la ciudad. Construía bóvedas con jarritos de barro y finalmente compró el mesón de San Salvador para seguir volcando en él sus ánimos creadores. Mi tía L, se limitaba a verlo con sus profundos ojos de agüita y reírse de sus puntadas yo creo que por no llorar... estar casada con un hombre tan creativo y emprendedor como él puede resultar de lo más divertido si se mira con buenos ojos...

lunes, 9 de febrero de 2009

Canciones de amor y contra quien resulte responsable

Una de las cosas que resultan más nocivas para ese bello pero fatal sentimiento humano llamado amor, son las canciones que destilan melcocha, mejor conocidas como boleros románticos. Digo nocivas porque lo único que hacen es ponernos a ensoñar, pensar que somos las únicas en la vida de alguien y alimentar falsas expectativas en una relación. Daré pruebas de lo que afirmo. Comienzan ofreciéndonos “Alma, corazón y vida” y diciéndonos que somos “la gema que Dios convirtiera en mujer para bien de su vida”. Luego dicen al oído de forma contundente que nos van a confiar las ansias suyas con tres palabras que son su angustia: ¡cómo me gustas! Ya para entonces nosotras estamos entornando los ojitos y no podemos dormir de pensar que somos las musas de tal inspiración. Nos ofrecen “Tres regalos: el cielo, la luna y el mar”. Imaginen la cara de la fémina pensando que son dueñas de esos regalitos, aunque luego acabemos con un “Cheque en blanco”. Posteriormente y ya con mala maña, nos piden que los “besemos mucho” como si fuera esa noche la última vez. Son sinceros en afirmar que: “como se lleva un lunar” todos podemos una mancha llevar, o sea que se curan en salud; no nos están engañando, sabemos ya la clase de ficha que es el interfecto... Se la pasan pidiéndole al reloj que detenga su camino cada vez que nos despedimos de ellos, porque sutilmente llegamos a ellos como una tentación, llenando de ansiedad su pobre corazón. Pero después, pasado el tiempo, nos damos cuenta de que los muy canallas pasan cada noche con un amor y distinto amanecer, mientras nosotras permanecemos esperando la siguiente serenata y deseando escuchar nuevamente los románticos acordes de “despierta, dulce bien de mi vida”, recostadas en blanco diván de tul. Cuando llegan, cabizbajos y con la mirada gacha, nosotras ya los estamos viendo fijamente con ojos como “dos puñales de hoja damasquina”; entonces, se arrancan con “perdón vida de mi vida, perdón si te he faltado, ángel adorado, dame tu perdón...” Para entonces, ya estamos a punto de turrón y nos convertimos en perlas negras, esto es, raras, malignas y fatales... mientras ellos replican que siguen unidos a nuestra existencia, que fue un resbalón y que si viven cien años, cien años pensarán en nosotras. Rematan diciéndonos que nos quieren por bonitas y por nuestra “cara extraña” –los boleros tienen letras que la razón desconoce, pero si a mí me dicen eso, inmediatamente desconfío del interfecto-. Nos reclaman que nosotros los acostumbramos a todas esas cosas que son maravillosas y nosotras caemos redonditas ante el reclamo doloroso de que nos "hemos convertido en parte de su alma" y que ya nada los consuela sin nuestra adorable presencia en sus vidas... La culpa –afirman- la tienen ellos, por adorarnos como necios, y que qué caro es el precio que están pagando por el pecado cometido. “Dame tus manos, toma las mías” nos invitan con pérfidas intenciones...Aquí es donde les recomiendo a mis féminas lectoras que no se dejen engañar... déjenlo partir canturreando su poema más triste, deséenles que sean felices, felices, felices y aclaren que si pretenden remover las ruinas de lo que ellos construyeron, sólo cenizas hallarán de todo lo que fue nuestro amor... que para reclamos y demandas, el bolero tiene una vasta gama de buenos argumentos que podemos revertir alegremente...

sábado, 7 de febrero de 2009

Para la damita que nos acompaña... para el gentil caballero

Al tener una madre que bailaba a la menor provocación ritmos sicalípticos y provocadores, no tuve más remedio que entrar al aro. Llegaba de la escuela y ahí estaba ella, vestida de crinolina, zapatos de dos colores y con cola de caballo bailando el “Rock de la Cárcel”, o “Norma la de Guadalajara” que es su mambo predilecto... Por la tarde, al llegar de dar la vuelta, me jalaba del morral y me decía: Órale Rima, te voy a enseñar el nuevo pasito de cha cha chá que aprendí en mi clase de baile... ¡¡¡Y esto era darle gusto al cuerpo y al espíritu señores!!! Bueno, pues años más tardes y ya con la inquietud entre pecho y espalda, comencé a tomar lecciones de danzón con un galán incógnito de buena figura y mejor porte... El grupo era de lo más ecléctico, había de todo: parejas jubiladas; otras dedicadas a tendajones en el mercado; señoritas que se lograron; un sastre; señoras que se dedicaban a hacer gelatinas decorativas –ésta última me asombraba por modosita y por esas esculturas membranosas que confeccionaba con gran encono-, doctores de guayabera... y nosotros, que pasamos a ocupar el lugar de las mascotas del grupo, porque todos nos llevaban como 30 años y mi pareja y yo éramos peques sin experiencia en ritmos afroantillanos... Comenzó la lección, todos derechitos ensayando el cuadro básico del danzón, el vaivén, el montuno rapidito, el danzón floreado de 8 y dieciséis vueltas, floreo invertido, paseo, cuadro al centro, en rosa (sólo la mujer baila). Aprendí a diferenciar todos los tiempos de ese sensual baile: introducción, en donde las parejas se preparan para iniciar el baile; inicio; descanso con todo y abanico para ahuyentar el calor; montuno, que es rápido y cadencioso y finalmente, acabar dando dos pasos en firme: ¡todo un arte ese baile! Pero luego comenzó nuestro penar de tapanco en tapanco: dimos exhibiciones en asilos de ancianos, festivales del día de la danza; fiestas del santo patrono en los 7 barrios de la ciudad; bailes organizados por el profe y su esposa: ¡Esos bailes! en donde conocí al “Abuelo” y María Elena, pareja venida del DF: él de trajecito blanco y zapato blanco y negro; ella, un émulo de Tongolele en cuanto al cabello negrísimo con mechón blanquísimo y zapatillas de lentejuela roja de 15 cms. ¡Nomás! Me encantaban esos bailes, en dónde podíamos vestirnos de gala, arrastrar la boa y bailar con las mejores danzoneras del país: Acerina, Aragón, La Playa y otras más que ya no recuerdo. Los animadores jugaban un papel fundamental para animar el baile. Al grito de ¡Danzón dedicado a...! comenzaba el baile; las parejas se acercaban lentamente a la pista, tomaban sus posiciones y ¡¡¡a darle gusto al cuerpo!!!! Al cabo del tiempo, el galán incógnito dejó de bailar y yo me quedé rete frustrada porque me encanta mover el bote de tal manera que... bueno, unos amigos me han sugerido que por qué no le hago como María Rojo en “Danzón”: buscar una pareja de baile, que nomás quiera bailar conmigo, sin mayores pretensiones. Así que a sugerencia de ellos, haré un casting en breve para ver quién podría ser la pareja perfecta para estos menesteres. Me sugirieron un anuncio en el periódico con la siguiente redacción: “Señora en edad interesante busca pareja para bailar danzón; no importa físico pero sí que esté casado para evitar tentaciones; estatura promedio: ni muy alto, ni muy chaparro; presentar cartilla liberada, carta de antecedentes no penales; certificado de primaria mínimo; sea aseado y se ponga loción; jacarandoso y con ritmo; le guste el fandango y las desveladas; disponibilidad de tiempo después de las 7 pm; no importa que no platique, le guste el cine y no lea...se le requiere sólo para bailar”. Ustedes dirán si se animan, se aceptan propuestas y ya les avisaré cuando haré la prueba de fuego... Esta nota se la dedico con todo cariño a mis maestros de danzón: El Ing. Solano (qepd) y su esposa Lucha que me enseñaron que el baile es una de las maneras de expresión del ser humano más hermosa que hay...

jueves, 5 de febrero de 2009

Incursiones en el gremio del morral

Siempre fui muy inquietita para mis amistades. Después de que me volví atea en el SC, me dio por juntarme con puro jipiteco de morral y huarachudo... Estudiar DG en esa época era signo de engancharse con las bellas artes, el cine de muestra y los talleres de literatura, cosas que no he dejado de disfrutar, por supuesto. Lo primero que hice fue cambiar la decoración de mi cuarto: colcha comprada en “La Pancha”, artesanías mil colgadas del techo al suelo, carteles de todos colores con imágenes de Frida Kahlo –que en ese tiempo todavía no estaba tan choteadita, la pobre- muebles rústicos, muñecas de trapo y cartón, instrumentos musicales de carrizo, morrales bordados, blusa de manta y falda al tobillo del mismo material... Mi hermano llevaba a sus amigos a mi cuarto y les decía que mi habitáculo era una especie de extensión del conocido restaurant “El México de Frida”. Yo, me moría de risa ante tal comentario, porque los amigos de mi hermano son todos de un fresa sublime... Los lugares que la que esto escribe y frecuentaba en ese tiempo, eran cafetines en el centro que empezaban a aparecer y que imitaban las conocidas “Peñas” del DF. Me hice de dos que tres amigos medio poetas –o al menos ellos así lo pensaban- y otros tantos pintores. Nos juntábamos en un café por Bellas Artes a perder el tiempo, ver libros de arte y componer el mundo. Pero luego, me dio por llevarlos a mi casa. He de aclara que mis padres son muy tradicionales, nunca imaginaron que yo iba a llegarles con un galán de morral bordado. Primero les llevé a un amigo que usaba un sombrero de ala caída, de color indefinido con pluma de gallo en un costado. Mi papá inmediatamente lo bautizó como “Mercedes Sosa” por su cuerpecillo de bolita y su aspecto de poeta del boom latinoamericano. Esa relación no prosperó para alivio de mis padres y el mío propio, porque el cuate ni sabía escribir, nomás se hacía el interesante y se rodeaba de un halo de languidez propio de los poetas parisinos. Poco tiempo después, comencé a salir con un pintor: a mí se me hacía lo máximo ir a su estudio y ver cómo creaba de la nada –al menos eso decía él-, pues en mi fuero interno siempre quise ser pintora; ese cuate tenía un aire a lo Van Gogh y se comportaba como tal: neurótico, arrebatado y de ánimo melancólico; yo que soy una castañuela, pues de plano me rajé, porque eso de andarle componiendo la vida al otro y sacándolo de sus depres no dejaba nada bueno... Me di cuenta de algo muy importante, que sucede con las personas que son sensibles al arte y que lo crean: se necesita disciplina para hacer todo, y estos cuates vivían al día, se les hacía que era todo taaaan romántico. Mi madre suspiraba por los rincones maldiciendo al cielo por tener una hija tan rarita y de gustos dificilitos, mi padre permanecía callado, porque se me hace que él hubiera querido andar conmigo en esos rollos y mis hermanos me ocultaban avergonzados de sus amistades, como si fuera el monstruillo de la familia... Pero hete aquí que al final, la educación basada en valores trascendentales la hacen a una reflexionar y me di cuenta muy a tiempo de que, si no quería vivir en una buhardilla el resto de mis días, tenía que poner mis ojos en otros lares. Nada más alejado de la realidad, ahora vivo en una quasi buhardilla en el centro, me siguen gustando los jipitecos y sigo tirando para los eventos culturales... No cabe duda que la que nace pa’ maceta no sale del corredor. Nada más que ahora, le disimulo más.