lunes, 17 de noviembre de 2008

Libros prohibidos

Cuando estaba en tercero de Kinder mi maestra discurrió que ya era hora de aprender a leer. Nos encargaron el "Libro Mágico", cuaderno de trabajo con hojas de papel de china en donde copiabamos meticulosamente frases de lo más pensadas, al estilo silabario: "La pipa de papá", "El oso Susú" y la ya clásica "Mi mamá me mima". Tenía el libro ilustraciones y abajo de éstas, una serie de sílabas: ma, me, mi, mo, mu, etc. Pues a mí esto se me hacia de lo más complicado de entender... al grado de que cuando me tocó pasar al frente a dar la lección, recuerdo que le dije a la maestra Gelos: -No maestra, yo no puedo leer, soy ciega, no veo. Si le causé gracia a la abnegada docente, se la aguantó, porque me agarró de la media cola y me jaló al frente para que leyera la lección. Al paso del tiempo, le agradezco a mi maestra esas muestras de disciplina medieval. Luego ya nadie me paró. Leía todo lo que se me ponía enfrente y lo devoraba con la obsesión de una piraña hambrienta... cuando ibamos al supermercado, yo me quedaba atorada durante el tiempo de la compra en donde vendían libros y revistas; mi mamá ni se preocupaba por mí. En otra ocasión, leyendo un libro en casa de una amiga de mi mamá, salió un perro de ojos inyectados y dientes afilados, babeante y malvado y yo, en mi mundo de letras. Se podía caer el mundo a mi alrededor y yo impávida. Llegó un tiempo en que ya había leído todos los libros de la casa de mis papás, excepto los prohibidos. Los libros prohibidos estaban ubicados en un gran librero, colocados atrás de los libros de enseñar: Imitación de Cristo de Kempis, Platón, Aristóteles y Homero... Cuando quería leer algo, mi mamá me decía que se lo comunicara y ella buscaría algo de acuerdo a mi edad -cronológica, porque a estas alturas yo ya tenía como treinta años-. Demás está decir que me trepaba y sacaba los libros de "atrás". Me acuerdo de uno que se llamaba "Una casa no es un hogar" sobre una casa "non Santa" y que se ahora si lo leen, está de lo más ingenuo. Me enteré de asesinos seriales, amores prohibidos, biografías no autorizadas, vidas tormentosas y fenómenos como los gemelos de Siam. Aunque estoy consciente de que estoy poniendo en evidencia a mi madre... ahora entiendo por qué me contaba los cuentos al revés.

Chupadedo a mucha honra

Ningún niño nace perfecto, esa es la realidad. Unos tienen las rodillas juntas, otros los pies chuecos; los más, los dientes para afuera y como si se los hubieran aventado a la boca a ver en donde caen. Pues lamentablemente, yo tenía todas esas cualidades y más. Me confieso niña chupadedo desde temprana edad. Con los dientes de leche, no hubo bronca, pero después de que me salieron los definitivos todo fue como la Magnífica: chirriando los dientes, gimiendo y llorando en este valle de lágrimas... De tanto chuparme el dedo, logré con gran tenacidad, hacerme los dientes para adelante, de manera que no podía cerrar la boca. Tenía doce años y todavía me chupaba el dedo. De nada sirvió que mi mamá me untara los más extraños ungüentos y menjurges ideados por ella y aconsejados por amigas de buenas intenciones: extracto de ajo, cebolla, Yodex, mezclas de hierbas... Lo único que me hizo reacionar fue que ella me dijera: -Y cuando estés con tu esposo ¿Te seguirás chupando el dedo? Eso me caló en lo más hondo de mi orgullo y coquetería femenina. Me imaginaba a mi esposo diciendome: ¡¿Cómo, te chupas el dedo?! Me lo hubieras dicho antes de casarnos... Así que dejé de chuparme mi amado dedo gordo de la mano derecha, que ya parecía dedo de bruja de tan flaco, largo y arrugado... Pero los dientes, ni remedio. Estaban echados para adelante y separados como los de Luismi... Mi papá decidió hacer algo por mí y fuimos al dentista para que me pusieran frenos. Primero me sacaron cuatro muelas para hacer espacio. Una tortura. Y en ese tiempo la naciente ortodoncia que seguro estaba inspirada en los peores tormentos inquisitoriales me propuso un "paladar gigante" hecho de plástico con alambres que yo sentía como de puas. No funcionó. Luego me pusieron brackets, con liguitas de colores que yo usaba para peinar a mis muñecas, pero me caí, se me salió un diente y se me reventaron todos los alambritos.. No funcionó. Tres años duré con esa tortura... ya ni las promesas de mi mamá de que los muchachos me iban a querer más por mi dentaura a lo Farrah funcionaron. Abandoné el tratamiento, pero al final, por fin pude cerrar la boca. Para comer se aclara... no para decir toda esta sarta de tonterías...

El cuartito de G.

Cuando mis papás nos llevaban a casa de mis primos -lo cual no era muy seguido- ibamos los tres hermanos con la expectativa de pasarnos una tarde deliciosa. Tenía mi tía M. una casa de lo más apetecible: tapancos, cuartitos recónditos, roperos, una escalera negra muy imponente que remataba en una especie de jaula para pájaros "para que los niños no nos fueramos de cuernos por la escalera". Bueno, pues tengo un primo que tenía algo que todos los niños añoramos: ¡un cuartito para él sólo! El club de Tobi se quedaba corto. En ese lugar guardaba él trique y medio, pero lo que nos tenía apantalladisimos a mis hermanos y a mí eran sus dotes de alquimista. Llenaba una pipeta con alcohol y cual lanzallamas en potencia, le prendía fuego y soplaba hacia la escalera ante el asombro de los peques que lo observábamos con deleite. Claro que nosotros no sabíamos que era alcohol... el hacía fuego al más puro estilo cavernícola. Otra de sus fascetas era el de perfumista. Recolectaba plantas y hierbas de la alameda y hacia unos potingues que a nosotros se nos hacían mágicos y misteriosos y que no le pedían nada a Coco Chanel... Este primo mío, al cual quiero mucho, le dedico esta nota y le digo que es uno de los recuerdos más hermosos de mi niñez.

sábado, 15 de noviembre de 2008

Twins

Como ya he platicado, a mi hermana y a mí nos vestían igual. Nomás era cosa de tener que salir, y mi mamá nos sambutía el modelito en cuestión: vestido de tablitas, mallas, zapato Canadá, Jumpers, HotPants, pantalones y blusita de cuello de tortuga, lo que fuera, todo teníamos igual mi hermana y yo. Y era lo único que teníamos en común mi hermana y yo. Pero la gente se empeñaba en decirle a mi mamá: -¿Son tus hijas? ¡Pero si están igualitas! Yo me quedaba pasmada ante la poca observación de la persona en cuestión. Y eso le deja maltrecha la identidad a cualquiera. Cuando en 1988 sale la película Twins -si, confieso que la vi-, todo en mi mente se aclaró. Las personas SI ME VEÍAN IGUAL QUE MI HERMANA. Para que sepan lo que afirmo le voy a pedir su autorización para que pueda publicar su foto en este espacio y vean de lo que estoy hablando. Ya adolescentes, nos revelamos, y lo único que nos quedó igual fue la voz y por teléfono... aprovechamos esta situación para vacilarnos a los galanes que comenzaron a rondar nuestra ventana. ¿Que alguna no quería salir, ni hablar con el galán? Ahí estaba la otra para hacerle el paro. Publico su foto, pero nada más prométanme una cosa: nada de andar comparando qué actor es cada quién, eso sería lamentable...

miércoles, 12 de noviembre de 2008

De una casita que tengo...

Mi padre siempre fue muy dedicado con hijos. Cuando era soltero había hecho una casita para las primas de los United, niñas muy bonitas y emprendedoras que irremediablemente crecieron. Nos heredaron pues, la casita. Era una hermosa casita de muñecas estilo victoriano que mi papá recontruyó con mucha dedicación. La pintó de lila, le hizo sus ventanitas, pasto de alfombra, helechos y florecitas la rodeaban. Tenía pórtico y un barandal hecho de alambre, pintado de blanco. Hermosa que le quedó. El detalle final lo componían los mueblecitos que la habitaban. Tenía detalles como cuadros en las paredes, focos en todas las habitaciones que prendían, un tocadiscos con todo y su disquito LP negro, un perchero con un sombrero colgado, baño completo, dos recámaras, estudio con escritorio de cortina y silla giratoria, sala, comedor con reloj de piso, cocina equipada y hasta perro. Bueno, pues en esa casita jugamos mi hermana y yo por horas; teníamos dos muñequitas que vivían felices con tantas comodidades. Ahora, lo que más valoro de este hermoso recuerdo es la dedicación de mi papá por hacernos ésto, por pasar horas en su "carpintería" dándole al serrucho, retorciendo el alambre, pintando todo para que quedara hermosa, hermosa para que sus dos muñecas jugaran en ella...

martes, 11 de noviembre de 2008

Huevos Poché

Mi padre es un hombre del siglo XIX. Nomás le faltaba usar leontina, porque los sombreros de copa, todavía los tiene. Como podrán imaginar, esto acarreaba una serie de contratiempos cuando de viajar se trataba, en una familia con madre de imaginación peculiar y tres inquietos hijitos. Pues mi padre no es un hombre que se distinga por que le guste viajar. Nuestras vacaciones nunca llegaban más allá del estado de Guanajuato. Es más, ni a Guanajuato llegabamos. Lo más lejos fue San Miguel Allende o el balneario "Taboada", y siempre viajabamos con los mismos amigos de los infaustos días de campo. Mi papá para viajar, tenía que cargar más cosas que Livinsgton al continente africano. Tenía una maletita de cuero color miel con más de doscientos compartimentos para poner en ellos píldoras, remedios para la tos, parches León, curitas, merthiolate del que ardía, aspirinas, pastillas para la diarrea y por si nos tapabamos, pomada de la Campana, Yodex, gasas, vendas, rasuradora, espuma, brocha para la espuma, y una serie de bártulos engorrosos de ennumerar aquí por aburridos. Pues un día, nos fuimos a San Miguel Allende y llegamos al hotel ese que era de Cantinflas. A la mañana siguiente fuimos a desayunar al restaurante y ya instalados, llega el mesero que ingenuamente le pregunta a mi papá: ¿Les tomo su orden? Mi papá volteó a verlo y le planta de sopetón la siguiente pregunta: -Disculpe, joven ¿A que altura sobre el nivel del mar nos encontramos? El joven se le quedó viendo, se le trabó la lengua, sacó un dedo como para ver si hacía viento, miró a ambos lados como pidiendo ayuda... -Porque fíjese que le quiero encargar unos huevos tibios. Pero tengo que saber la altura porque el agua no hierve igual. ¡Noooo! En mi casa tienen que ser tres minutos, porque... y le soltó un tratado sobre el huevo tibio al mejor estilo de Chepina Peralta. Nosotros fingimos demencia, mi mamá se fue al baño para no tener que disculparse y a mi nunca se me ha olvidado semejante anécdota a pesar de que en ese tiempo tenía como 8 años... No cabe duda que Fito Girón tenía razón al afirmar que estas situaciones estaban "más allá del huevo tibio"...

lunes, 10 de noviembre de 2008

El regalo de Coquito

Vivía cerca de nuestra casa una encantadora niña llamada Coquito. Sus padres y los míos eran amigos y por supuesto, cada cumpleaños de la nena, nosotros estabamos invitados a celebrar con ella. ¿Se acuerdan de las fiestas infantiles de antaño? Iba a nuestra casa el titiritero a contarnos cuentos como Caperuzita, o Cenicienta con toda su compañía de teatro guiñol. Nada de tomblins, ni discos miniatura. Las invitaciones nos las llevaban a nuestra casa en sobrecito blanco y al salir nos obsequiaban una caja de cartón con personajes de caricatura... las mamás más creativas guardaban los frascos de papilla Gerber y hacian con estambre, cartón y ojos comprados en el "Dragón de Oro" unos perros french de colores tan exóticos como el azul plúmbago... El menú no ha cambiado mucho: sandwiches cortados a la mitad, untados de queso amarillo o paté, con su respectiva rajita de pimiento morrón, gelatina y pastel, los cuales siempre acababan embarrados en el piso. Casi todas las fiestas eran en casa del festejado y se adornaban con globos y serpentinas; para rematar el cuadro, a todos los invitados nos atornillaban gorro de cartón con liga, lo que nos hacía vernos de lo más graciosos para nuestros padres, no así para nosotros. Bueno pues en esta foto que consigno, vemos a mi hermana y a mí -vestidas iguales con el horroroso traje de cuero que ya platiqué en nota anterior, viendo con benevolencia al encaprichado hermanito que no le quiso dar su regalo a Coquito, mientras la niña, con rostro lacrimoso, llora desconsolada. Observen la cara de mi cachetón hermano, llena de culpabilidad, negándose rotúndamente a obsequiar el presente. Seguro eran unos aretitos.

Historias de Familia...Juan Chávez

La primera vez que me enteré de la existencia de Juan Chávez, fue porque mi abuelita materna tenía una foto, de esas que son postales, en donde aparecía un hombre desparramado, con los ojos cerrados y un agujero en el pecho. Me platicaron la historia: En las cercanías de "El Tablero" rancho de la familia Chávez ubicada cerca de "La Chona" (Encarnación de Díaz, Jalisco), había una cueva denominada "Los gallos", que servía como potrero para el ganado del lugar. Pero la tal cueva también resguardaba de la ley al peligroso abigeo, ladrón y matón Juan Chávez, peligroso personaje dedicado a tan bajos menesteres. El pueblo se encontraba asolado por sus actos vandálicos y dicen las lenguas pueblerinas que mi bisabuelo andaba con él y era este hombre el único de fiar para este detestable personaje. Pues un mal día en que él se encontraba dormido, dos de sus compinches lo mataron a bayonetazos. La única forma de dar a conocer al poblado que el hombre había muerto, fue tomarle la foto ya muertito y repartirla por condados aledaños para que la gente ya pudiera transitar los caminos a su gusto y contento. De más esta decir que yo pelaba chicos ojotes oyendo a mi abuelita contar semejante historia y que cada vez que iba a su casa le pedía que me enseñara la foto. Ya se sabe de mis antecedentes morbosos. Como en la familia no tenemos personajes célebres, un buen día un primo me pidió que le hiciera un poster tamaño 60x90 para ponerlo en su oficina. Su justificación fue que si no teníamos antepasados gloriosos, por lo menos iba a presumir de éste, para que la gente se fuera con tiento con él. Yo me quedé con una reproducción pequeñita y después me enteré que este hombre era todo un personaje en la región entre Jalisco y Aguascalientes. Vaya pues un homenaje a este hombre que, sin ser mi pariente (al menos es lo que dicen mis tías) forma parte de mi pasado y me hizo desarrollar gran imaginación, gusto por leer sobre asesinos seriales y comprar de vez en cuando, prensa amarillista.

Querida Anónima:

Hoy escribo la respuesta a los comentarios que me dejaron en el blog. En relación con el cigarro: más bien pienso que me quedé en la etapa oral, eso es lo que dicen los psicólogos expertos sobre una persona que necesita tener algo en la boca para sentirse segura. Pero lo confieso: SI ME COMPRABAN CIGARROS DE CHOCOLATE, por lo que tal vez sea causa de esta incalificable adicción por mi parte. Este vicio además de ser feo, apestoso y malo para la salud, es, lo confieso, mi único vicio, así que espero no se me cuestione al respecto o me denuncien ante la PFP. Respecto a los animaluchos fraudulentos llamados "Sea Monkeys" pongo a su consideración el sitio oficial que encontré: http://www.sea-monkey.com/ Sólo pido no se me culpe por andar fomentando la compra de estos productos, que creo son dinero mál invertido, peor que el cigarro, creo. En cuanto a la felicitación de cumpleaños, a estas alturas seguramente ya todos intuyeron cuántos años tengo, por lo que es evidente que ya no lo festejo, sin embargo, siempre es hermoso que se acuerden de una en cualquier época del año. Aprovecho para mandar un sentido agradecimiento a todos(as) los que me leen, seguiré escribiendo. La Rima

sábado, 8 de noviembre de 2008

Álbumes: un vicio atroz

Cada fin de semana, mi papá me daba mi "domingo". Era una cantidad exhorbitante en aquella época, digamos cinco pesos. Se suponía que debía durarme toda la semana, pero otro de mis aciagos días de niñez, descubrí los álbumes. Es evidente que las empresas crean este tipo de cosas cuando algún monillo está de moda para para sacar la mayor ganancia posible. La duración de la publicación: a lo sumo dos meses. Primero junté un álbum de artístas de cine, me acuerdo que era negro, con estampitas con un filito rojo. Después, el de los personajes de Hanna-Barbera: el oso Yogui, Pingui, Tiroloco Mcgrow. Pero cuando salió el de "Amor es..." enloquecí. Era un álbum cuadradito, de color rosa, que trataba de qué es el amor. Indicaba mediante pequeñas lecciones cómo demostrarlo. Eran dos monillos desnudos, que no tenían nombre, que podían ser cualquier persona... Mi hermana y yo a cual más a ver quien llenaba su album primero... pero las condenadas estampitas salían repetidas... En el colegio se creó un mercado negro de estampitas. Ya, ya, ya, ya ¡No! gritaba una cuando una amiga las barajaba frente a tí para hacer el intercambio de rigor. Había unas difíciles de conseguir y esas te las intercambiaban de a dos por una o hasta tres estampitas... Las niñas de más recursos traían cientos de estampitas; las malditas podían llenar el álbum cuatro veces con la mano en cintura. Dolorosamente, comprendí el valor del dinero, yo compraba 3 o 4 paquetes de estampitas a la semana que salían repetidas... Entonces decidí hacer mi propio álbum, pero era de Mafalda, que siempre me gustó más...

viernes, 7 de noviembre de 2008

Donny my baby

Tenía yo una amiga, que era mi vecina, fanática de Donny Osmond. Ella, como de 15 años, yo, de 10. Todo su cuarto estaba tapizado con carteles de Donny Osmond recortados de revistas musicales. En ese tiempo era dificilísimo tener una foto del artísta favorito porque no llegaban muchas publicaciones a la ciudad. El show de los Osmond pasaba los domingos en la noche y era motivo de reunión familiar. Trajes lentejueleados y ¡¡¡muchos dientes!!! Todo el programa consistía en que los hermanos grandes le tomaban el pelo al pequeño de la familia -Donny- incluyendo a su hermana Marie. El galán de la familia, entonaba canciones cursilisimas como "Puppy Love" o "I never fall in love again". Las quinceañeras enamoradas de Donny, babeabamos por él, por conocerlo y por tener un disco de acetato para tocarlo en aparato portatil rojo o en la consola de la casa. Llegué a tener varias fotos de Donny, y creo que él fue el motivo por el que durante largo tiempo soñé con tener un galán dientón. Terminé mi amistad con la vecina porque por primera vez conocí los celos.

miércoles, 5 de noviembre de 2008

Zapatitos Canadá

Ahora que está de moda todo lo "retro", me pongo realmente nostálgica. Tenemos una moda medio ecléctica, quiero decir, que todo está de moda: camisetas impresas con imágenes que van desde el Pop Art hasta las que todavía andan anunciando que El Ché no a muerto... o los pantalones untados de los ochenta, o los vestidos tipo campana... Pues confieso que uno de mis peores recuerdos de niña, es la ropa que me ponía mi mamá. Para empezar, a mi hermana y a mi nos vestían iguales. Como eran los horrorosos 70s, pues estaba el boom del plástico, para ser más exacta el "cuerhule". Se usaban unos vestiditos cuadrados imitación piel, en vibrantes y fluorescentes colores, con cadenas por todos lados y que se complementaban con mallas de acrílico y, por supuesto, zapatitos de tres colores marca Canadá: rojo, azul y blanco. Pues yo odiaba que me visitieran igual que mi hermana y ella confiesa lo mismo; sudaba como negra en cañaveral con el dichoso vestido, y para rematar, esos zapatitos, duros, ridículos y de charol que rompían con toda mi estética personal. En la foto que acompaña la nota estamos mi hermana y yo, aparentemente felices a orillas del lago de los patos de Morales. Muy agarradas de la mano -típica pose materna-. En realidad ella me está encajando una uña, porque yo le dí una patada en la espinilla con mis zapatitos Canadá.

Con juguetes Mi alegría....

Yo creo que toda niña que se precie, tuvo en su infancia algún juguete de la marca "Mi Alegría". Para ser sincera, esa marca de juguetes era bien chafa, pero tenía tanta variedad que se antojaba tenerlos tooodoooos. ¿Quién no soñó con el juego de química para hacer bombitas con olor a huevo podrido? ¿O tener el volcán que aventaba lava por doquier? ¿O el juego de doctor con maletín y todo? Me acuerdo que cualquier objeto de esos juguetes era de plástico. Así, que por fin me hice del juego de belleza mi alegría. Tenía polvera con espejo y borla, decorada al estilo art noveau; varios labiales en distintos tonos del rojo al rosa -de plástico-, una bolsita monisima parecida a la que usa la Pequeña Lulú, ídolo de mi niñez como ya lo especifiqué en nota anterior. Bueno, pero lo que a mi más me gustaba eran los zapatitos de tacón -por supuesto, de plástico- que un aciago día mi mamá nos compró a mi hermana y a mí. Y digo aciago por lo que a continuación relato: yo tengo patita de tamal; mi papá me decía que eran mis pequeños pies como unos nopales con tunitas, nomás para que se den una idea. Y las zapatillas "Mi alegría", se convirtieron en "Mi desgracia" porque éstas eran largas y estilizadas. Y se amarraban con un pedazo de elástico igualito al que usábamos las niñas para jugar al "resorte". Las de la foto que ilustra esta nota nada que ver con las mías. Largas, estilizadas, de tacón, de plástico y con amarre dudoso. Pues mis piececillos no podían mantenerse firmes dentro de ellas, me sudaba la patilla y se me resbalaban, quería caminar y se me torcía el tobillo. Aún así, pasé mi niñez jugando a la señora curra, vistiéndome con la ropa de mi mamá y sacando vajilla y copas de cristal de la vitrina del comedor para hacer simulacro de banquete elegante, mientras mis abnegados padres salían a cenar... Seguro por eso tengo obsesión por comprar zapatos, aunque lamentablemente sigo con mis patas de tamal.

Monstruos marinos...

Ahora que escribí la nota anterior, me acordé de los dichosos Sea Monkeys. Los anunciaban en las historietas de editorial Novaro y causaron un boom en los años setenta entre niños y adultos. Todo mundo quería comprarlos y yono era la excepción. pero claro que mis papás se negaron rotundamente, aunque un tío los pidió. Llegaron en un paquete que contenía un sobre con un polvo extraño, una especie de pecera con jueguitos adentro y un revolvedor. Tenías que vaciar el polvo en agua limpia con sal y ¡Puff! como por arte de magia, aparecerían los dichosos monos de agua. Unas míseras larvitas que bailaban de un lado a otro... la verdad eran más interesantes los maromeros que pescaba con mi papá para alimentar a los peces. Bueno, pues durante días, estuvimos al pendiente del crecimiento de los monos esos y claro, al poco tiempo ya decíamos: ¡Mira, se subió a la resbaladilla! ¡Si clarito se ve que están platicando! igualito a la familia del anuncio, todos sonriendo y esperanzados a ver cómo tras esa pecera de plástico se desarrollaban los monitos esos. Lomás increible, es que buscando la imagen que ilustra esta nota, me di cuenta de que ¡todavía existen y la gente los compra! En realidad el polvillo ese son huevos de camarón, tienen una vida bastante efímera y no sirven para nada... pero eso sí, por unos días uno podía tener la esperanza de tener al monstruo de la laguna verde en casa.

La Pequeña Lulú... mi gurú

Teníamos en mi casa una caja de cartón guardada en el closet con un número bastante significativo de cuentos o historietas, de los que ahora son llamados "comics". Impresos en un formato grande, digamos, tamaño oficio. La editorial "Novaro", aquella del triangulito en la esquina superior izquierda del cuento, editaba historietas de un gran número de personales: Periquita, Lorenzo y Pepita y sus emparedados de 5 pisos; Sal y Pimienta, que sólo entre ellos se entendían; Archi y sus amigos, sueño dorado de toda niña de vivir en Riverdalle, ir a una escuela así y andar con Carlos -que guapo, pero era sólo un ¡monito!-. Me acuerdo que en casa de unos primos, conocí historietas del bajo mundo: Fantómas y sus voluptuosas mujeres con nombres de zodiaco; Rarotónga, Kalimán, Memín Pingüín, etc. El Pájaro Loco -y en eso si difiero de mi querida "Mafalda"- me caía gordo, así que casi nunca lo escogía; La Zorra y el Cuervo, donde "Zorri" siempre salía mal; El Conejo de la suerte, Mickey, el Pato Donald; Trompín y Colita; Daniel el Travieso. Mención aparte merecen los anuncios que aparecían en ellos: Charles Atlas y su método reductivo; ahí aprendí la palabra "enclenque". También se anunciaban métodos para aprender a dibujar por correspondencia, lentes de rayos "X"; los famosos Sea Monkeys, que eran una especie de larvas que nunca pude ver, pero que supuestamente hacían trucos circenses (te vendían trampolín, rueda de la fortuna, etc. El fraude más grande de la historia...). ¿Se acuerdan del anuncio del "Cochinón"? Apareció en esos cuentos y creo que fue el primer intento por concientizar sobre el problema de la basura.

Pero la que a mi más me gustaba era "La Pequeña Lulú". Con sus bucles y muy restirada, salía Lulú a realizar algún encargo de su pechugona madre, la Sra. Mota, con su gorrito y bolsa de mano.. Siempre se encontraba a Tobi y sus amigos - Fito y Tino, que tenían un club en donde no se admitían niñas. Lulú y la dientona Anita, intentaban entrar y ver que había dentro del club; nunca lo lograban. Le encargaban cuidar a Memo, un niño malcriado que siempre se aplacaba ante los cuentos de Lulú, en donde la bruja Ágata y Alicia su sobrina eran las protagonistas malvadas que hacían rabiar a una niñita pobre... Lulú, gracias a tí, empecé a dibujar, a hacer historieta, a inventar mis propios cuentos, a querer ser diseñadora... ¡Dios mío! a ser tan ñoña...

lunes, 3 de noviembre de 2008

De la Sierra Morena...

Todo mundo está de acuerdo en que los días de campo son maravillosos. Se respira aire puro, se cambia de panorama, mojamos nuestros pies en un riachuelo cantarín, pasamos por poblaciones inhóspitas y parajes remotos... Pero a mí, los días de campo me chocan. Cuando eramos niños, mis papás tenían un grupo de amigos que se juntaban a cenar y a hacer radionovelas ¡Sí! Radionovelas. Ocupación por demás extraña. No podían hace cosas normales, como chismear, o contar chistes colorados ¡No! hacían radionovelas... pero esa es otra historia. En su mente perversa, idearon que cada año fueramos de día de campo a la Sierra de Álvarez. Como mi papá es bien comodino, cargabamos con cazuelas que contenían sopa de fideo, mole, arroz, picadillo, comal, sillas plegables, mesa de madera (en ese tiempo no había todas las comodidades de ahora), termos, caja de refrescos, una hielera de 3 mts. cúbicos de capacidad, toldo, hamaca, colchonetas, papel de baño y, por supuesto, una pelota. Llegabamos al sitio seleccionado después de perdernos entre incontables veredas y prados llenos de cactáceas espinosas: "te dije que donde estaba el elefante a la derecha", "no, me dijiste de unos pinitos, pero nunca los ví". Al fin, todos reunidos, la diversión consistía en instalar todo el campamento a las 2 de la tarde, hora en que ya todos ya ladrabamos de hambre... y a nosotros nos decían: "váyanse a jugar mientras está la comida". Nos ibamos con la ilusión, todos a jugar con la pelota, ávidos de horas de diversión... que se convertían en dos segundos y medio entre la primera patada y que la pelota se perdiera en un abismo con una pendiente de 45° y se situara a 150 métros por debajo del nivel del mar... La diversión, por supuesto, consistía entonces en recuperar el balón y a uno que otro niño atorado en algún pino... Nunca lo recuperamos -al balón, a los niños sí- y regresábamos abatidos, colorados, sudorosos y cansados a comer tacos de mole con arroz, apalancados en una piedra porque todo, todo se ubicaba en el plano inclinado antes mencionado. Odio los días de campo y amo los sandwiches de central camionera: fáciles, prácticos y en bolsita de plástico. Nunca más intenté darle una patada a un balón.

De chuchulucos y otras fruslerías...

Siguendo con las maternales historias, relato a continuación la siguiente. Mi mamá solía salir los jueves con un grupo de amigas a tomar café y verle los dobladillos a toda la ropa que vendían en la calle Hidalgo -según palabras de mi padre-. Siempre se iba con la promesa de traernos un "chuchuluco". La tal palabreja significaba desde unos chicles de "Mary Gelo", profética pitonisa de maquinita que revelaba sus encriptados mensajes, previa quemadura de papel, -seguro los escribían con limón- o bien, algún chocolate, cuento de Periquita o la Pequeña Lulú. De más está decir, que esperabamos a que dieran las ocho de la noche para que mi mamá llegara con el consabido chuchuluco. Un día, a mi madre se le olvidaron las llaves y tocó el timbre, yo salí a abrir la puerta. Se me queda viendo y me dice: -"¡Hija mía! Tanto tiempo ha pasado. ¿Ya no me recuerdas? Soy tu madre". Imagínense mi reacción. Primero pensé que estaba media loca, que se le había olvidado toda su familia en dos horas y pensé en correr a llamar al 911 de haber existido en esa época. Luego me acordé de sus dotes histriónicas y le seguí la corriente, con cierto recelo. Ahora doy gracias por no ser alcohólica o drogadicta.

Idolos de juventud

La familia solía ir al teatro en compañía de unos queridos amigos. Ibamos a la obra, y después era usual que nos fueramos a cenar al restaurant Tokio una de sus afamadas "orejas de elefante". Ese día fuimos a ver una obra, cuyo protagonista era el galán ochentero Juan Ferrara. Seguro era una de esas obras que se derivan de la novela televisa de moda, ya no recuerdo. El caso es que mi amiga y yo salímos extasiadas ante tal portento de guapura, fineza y caballerosidad y flotamos con toda la energía que nuestras 17 primaveras nos podían dar. Al llegar al restaurante, cual no sería nuestra sorpresa al darnos cuenta de que Juan Ferrara y compañía estaba cenando en ese lugar. Decidimos mi amiga y yo, ir a pedirle el consabido autógrafo, animadas por nuestras respectivas madres y padres, creo que también. Vamos las dos con un mantelito de papel en mano y todos nuestros nervios hechos trizas por la emoción. Todo él, con su voz tan viril, voltea a vernos con mirada despectiva y nos dice: -"me trae un café con leche y unos tamales señorita". Todo se derrumbó dentro de nosotras, tartamudeando le aclaramos que no eramos las meseras aunque tuvieramos tipo -supongo- y finalmente, a regañadientes, plazmó su firma atrás del mantelito... Conservo todavía el mantelito, no por la firma de Ferrara, sino para acordarme de cuando nos confundieron con el digno trabajo de meseras....

De asesinatos y cumpleaños

Tendría yo cuatro añitos –ingenua chiquitina, pensarán ustedes- cuando llegó a nuestro hogar, vía cigüeña, un “querido hermanito”. Yo no se en qué estaba pensando, que torcidos recovecos psicópatas recorrieron mi pequeño cerebro, el caso es que a la salida del colegio, llegó mi papá por mi. Y la monjita que entregaba a los niños le dice a mi papá: -¡Ay Señor C….! ¡Cuánto siento la pérdida de su hijito! Rimita nos acaba de decir… ¡Me saluda mucho a su esposaaaa!, que dios le de santa resignación… Por supuesto que mi pobre padre ha de haber sufrido un colapso nervioso y posteriores convulsiones; terror y espanto en su rostro. Me jaló de la coleta, me trepó al coche y nos fuimos volados a mi casita… en donde corroboró que mi chachetón hermano dormía en santa paz… Tengo borrados los momentos posteriores, pero de seguro me fue como en feria, al grado de que –doy gracias de hinojos- no me convertí en la asesina serial que prometía ser… Y luego dicen que los celos no matan… Ahí no para la cosa, no están para saberlo pero mi cumple es en verano, por lo que NUNCA, así como lo leen, NUNCA me felicitaban en las mañanas en las filas del colegio. La monjita pedía por medio de un magnetófono que ampliaba su tipluda voz: ¡Silencio chicos!, hagan filas, guarden su distancia, 1, 2, 3 ,4… ¡A ver, ¿quién cumple años hoy?! Cuatro o cinco chiquillos y chiquillas corrían al frente y todos entonábamos las mañanitas mientras los ruborizados chiquitines se jalaban de las trenzas o del mandil entre sí… y yo, nomás mirando… Hasta que un día me armé de valor y decidí decir que mi cumple era hoy, o mañana, o el mes que entra, el caso es que acumulé varias felicitaciones en el año y la satisfacción de ser el centro de atención una vez más… ¡maldito ego!

viernes, 31 de octubre de 2008

Sobre ruedas...

Las ruedas nunca fueron mi fuerte... mi hermana, esa si que era un as de la velocidad, dominaba el patín de diablo, los patines de metal de cuatro rueditas -después tuvo los de botita-y la bicicleta, que daba gusto. Pues yo de plano, no. Aprendí a andar en bici por circunstancias hasta ahora misteriosas para mí, y seguro no lo aprendí bien, porque ya se me olvidó. tenía mi papá su bicicleta de niño, modelo lechero de rancho. Era una bici chiquita, roja y con un asiento de lo más incómodo, pero lo que me gustaba era que yo podía tener los pies en la tierra cuando quería, así que me paseaba con ella, trepada y sin subir los pies a los pedales... No tengo fija la imagen de mi papá deteniendome la bici y diciendo ¡vamos, hija, tu puedes! No, yo me arrastraba de manera vergonzante por toda la cuadra y veía pasar como zumbido a mis compañeros de juegos. Pues un buen día, me animé y ¡Zas! que me equilibro y que le doy al pedal... La sensación de velocidad fue indescriptible, el vértigo sólo comparable con el primer beso chicloso que me dio el chico que me gustaba... Mi papá le compró a mi tía Teresa dos bicicletas "Vagabundo", marca gallo en Navidad. Eran los fabulosos 70´s. Me acuerdo que duramos todo el dia pedaleando mi hermana y yo. Andabamos por las calles de San Luis Potosí, como si nada, no había peligros terribles y le dabamos toda la vuelta a la ciudad conocida... Con esa bici, pasé frente a la casa del chico del chicle cuantas veces me dio la gana, porque ya tenía pretexto, me sentía segura porque no andaba agachada, como en las bicis de carreras; tenía un respaldo y los frenos en los pedales, tiritas de plástico en los manubrios. Todavía la extraño, si alguien sabe de ella, favor de proporcionar información, casi puede decir que fue mi Unicornio Azul...